lunes, enero 03, 2011

El oficio de ciudadano...

Por Bernardo Poblet

Hace algunos años la Argentina supo tener un grupo de profesionales de excelente nivel en el CONET de ese entonces, que aplicaba un método de enseñanza llamado Formación Profesional Acelerada, desarrollado en Francia. La  FPA permitió formar a personas en oficios que escaseaban, con rigurosidad y en tiempos notablemente cortos. (lamentablemente, decisiones mediocres disolvieron este organismo y su accionar, pero ese es otro tema)

Deberíamos aplicar una FPA para la formación de ciudadanos. Ese “oficio” hoy también escasea por estos pagos.

¿Qué es ser ciudadano hoy?

Según nos enseñaron en la escuela, un ciudadano es un miembro activo de un estado, titular de derechos políticos y sometido a sus leyes.

Compartimos un territorio en una sociedad con diferentes niveles, orígenes e intereses pero constituimos una nación alrededor de una cultura común,  y en el marco de un régimen democrático,  decidimos hace un tiempo organizarnos como República.

Hasta aquí el Manual del alumno.

¿Cuál es la realidad?

¿El ciudadano promedio actúa como un miembro activo?

Podría responderse que sí. Cuando sus intereses se ven afectados reacciona.

¿Cómo?

El método favorito –y probablemente el más efectivo- parece ser la protesta. De diversas maneras, algunos –cada vez menos- en el marco legal, buscando respuesta en las instituciones: la negociación, el derecho de huelga, solicitadas, planteos judiciales y periódicamente, el cuarto oscuro.

Otros –cada vez más- en la acción directa proactiva: el corte de calles, rutas, puentes, la ocupación de predios públicos y privados, la violencia en manifestaciones callejeras, el bloqueo violento de salidas de fábrica, la ocupación de empresas, la extorsión manifiesta si no se aceptan sus planteos.

Y en el medio, una numerosa población que mira a unos y a otros y observa que es lo que obtiene resultados. E imita.
Vamos mal, me parece que esto no es la conducta de un “miembro activo de un estado sometido a sus leyes”.

¿Ejerce sus derechos políticos?

Más o menos.

Las elecciones se realizan cada vez con menos calidad institucional: testimoniales que no asumen sin ningún tipo de condena social, listas colectoras, postulantes a dedo sin elecciones internas, manejo de fechas arbitrarias, el poder en los militantes de determinada ideología, hasta que cambie y entonces pasa al otro sesgo,  y cosas así. El circular libremente por el territorio es también un derecho político que no parece reconocerse, dicho esto como un ejemplo entre tantos otros.

¿Sometido a sus leyes?

 Depende.

Algunos pagan impuestos, muchos, demasiados, no;  algunos se esfuerzan, trabajan y tratan de crecer como personas, otros buscan subsidios de todo tipo que los hay, por cierto. No se trata sólo de personas necesitadas, claro que no, empresarios vinculados con el poder y de los otros están a la pesca de algún beneficio y quienes se enriquecen exponencialmente a la vista de todos y sin consecuencia alguna.

La cultura de la ley es un valor perdido en la Argentina.

Hay que aplicar una especie de FPA para que aprendamos el oficio de ciudadano pero ¿por dónde comenzamos? ¿Por arriba o por abajo?

Se aprende con el ejemplo y no sólo el chico, los adultos imitamos los comportamientos de quienes nos dirigen, de modo que la respuesta es:

Desde el jardín de infantes, hay que enseñar que la ley es lo único que nos iguala

Hacia arriba hay que exigir que las instituciones del estado las hagan cumplir, comenzando por casa, claro está. El ejemplo.

¿Y quiénes serán los profesores? Preguntaría Mafalda.

El pueblo, a través de su voto, una herramienta de enorme poder, incluyendo el docente.

¿Por qué?


Algunos dicen que la Tinellización del pueblo demuestra que el poder, como modelo,  lo tienen los Tinelli. ¿Cómo desaparecerían esos programas? Con la autocensura. Si el ciudadano tuviera la educación que le señala lo que es bueno y lo que no lo es, y dejara de sintonizarlos, caería el rating y desaparecerían implacablemente.

Si los postulantes a cargos electivos tuvieran mensajes claros que, si no actúan en
el marco de la ley no se los volvería a votar, no se tenga duda que también ellos se someterían a lo que debe ser.

La FPA  implica desagregar en técnicas operativas los conocimientos y las destrezas que deben aprenderse. Las imprescindibles, las que permiten realizar las tareas que el oficio exige con seguridad, facilidad y calidad.

Podríamos analizar cuáles serían las técnicas operativas similares para el oficio de ciudadano:

Primero:

Aprender a observar en los postulantes y en los que están en los cargos sus líneas de decisión, es decir, sus conductas.

Segundo:

Escuchar críticamente sus palabras, esto es, contrastarlo con sus decisiones. “Miren lo que hago y no lo que digo” es una confesión de partes, relevo de pruebas.

Tercero

La información fragmentada –convertida en una herramienta de uso constante- permite mimetizar como bueno lo que, tal vez, sea regular o malo si se los contrasta con los objetivos establecidos. Ejemplo:

Si se anuncia que se construyeron mil escuelas, primero hay que aplaudir, es un logro, pero para evaluar la acción debe contrastarse con la meta. Si se programaron mil doscientas en ese lapso, bien, es muy bueno, pero si se prometieron diez mil, entonces es peor que malo. “Lo corto depende de lo largo” decía un viejo filósofo.

No lo hacemos, no conservamos la memoria, no le estamos dando mensajes claros a quienes nos gobiernan. Somos nosotros los responsables, nuestra inacción estimula y legitimiza los comportamientos antirrepublicanos que parecen haberse convertido en la conducta normal aceptada.

La lista de conocimientos y habilidades ciudadanas requeridas para ejercer ese rol no es enorme, pero aún si lo fuera,  al elefante es posible comerlo si lo cortamos en  pedacitos y nos damos tiempo. Sin prisa pero sin pausa.

Para empezar, desarrollando unas pocas de estas capacidades tal vez podríamos hacer una verdadera revolución: lograr que la masa crítica de los  habitantes que son miembros activos del estado, que conocen y exigen los derechos y obligaciones políticas que le corresponden  y que con sus conductas reconstruyen la cultura de la ley en la Argentina, sea cada vez mayor. Con prisa y sin pausa.

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