La realidad desnuda a la economía
Por Daniel Kiper
La primera señal no fue un número ni un gráfico. Fue el silencio.
En los comercios donde antes se vendía de todo, hoy se vende lo que roza el umbral de la supervivencia. En las fábricas, donde se hablaba de turnos y de pedidos, se habla de suspensiones. Y en las casas, el dinero dejó de ser una promesa de futuro para convertirse en una pregunta que se repite cada día, con la obstinación de un reloj sin descanso: ¿alcanza para comer, para pagar la luz, para el remedio?
En las crisis profundas, la realidad desnuda a la economía. Se le cae el maquillaje de las estadísticas y aparece su verdad más antigua: no todo vale lo mismo cuando la vida se achica. El mercado, que en tiempos normales ordena preferencias, en tiempos de penuria ordena prioridades. Y la prioridad —casi siempre— se llama subsistencia.
Solo lo indispensable conserva valor real.
Todo lo demás se vuelve sombra.
Los alimentos suben. Los medicamentos suben. La energía, el transporte y los servicios básicos escalan con una terquedad que no admite consuelo. Son bienes de demanda rígida, sin sustituto y sin espera posible. No se compran por deseo: se compran por necesidad impostergable. Se pagan porque la preservación de la vida obliga. Y se pagan aunque duelan.
Al mismo tiempo, otros precios bajan: ropa, electrodomésticos, bienes durables, consumos que alguna vez fueron cotidianos y hoy son aplazables. El gobierno observa esa caída y la presenta como señal de éxito. Pero en la economía real —esa que no entra en los discursos— los precios no siempre bajan por eficiencia. A veces bajan por una razón más cruda: la demanda efectiva se derrumba.
No es deflación virtuosa.
Es parálisis.
Mientras los precios esenciales suben, el resto cae como hojas secas. Pero esa caída no anuncia equilibrio: anuncia vacío. Detrás de cada precio que baja hay una vidriera que deja de rotar mercadería, una persiana que se cierra antes de tiempo, una máquina que se apaga, un trabajador que deja de ir a su empleo con la misma rutina con la que antes entraba. La estadística registra una mejora; el barrio registra un cierre.
La economía se contrae, pero no de manera pareja. Se encoge por los bordes productivos —empleo, industria, comercio— y se mantiene tensa en el centro de la supervivencia, donde el gasto no es elección sino obligación. Lo que se “ordena” en los números se desordena en la trama social: el ajuste no organiza; selecciona.
Y en ese contexto aparece otro fenómeno, más silencioso y persistente: el ingreso de productos importados que tienden a ocupar el espacio que la producción local ya no puede sostener. El dólar contenido —ese modo elegante de nombrar el atraso cambiario—, la reducción de aranceles y la apertura comercial actúan como una corriente fría que atraviesa fábricas debilitadas. No llegan a complementar una expansión inexistente, sino a reemplazar producción local en sectores ya golpeados, profundizando la pérdida de capacidades productivas.
No es una economía que se abre al mundo: es una economía que empieza a retirarse de sí misma.
El relato oficial habla de orden, disciplina y éxito. Pero el orden que se logra por contracción no es estabilidad: es quietud forzada. Es una paz que se parece demasiado al agotamiento. Técnicamente, no se trata de una estabilización expansiva, sino de una estabilización por compresión de la demanda, donde el equilibrio nominal se alcanza a costa de la actividad real.
Y la inflación, además, no desapareció. Se reorganizó. Se concentró en los bienes que no admiten demora. Y allí —en lo esencial— erosiona salarios, jubilaciones, ahorros y proyectos. Los ingresos reales se achican mientras el costo de vivir se vuelve más pesado, como si cada día hubiera que cargar un poco más para caminar la misma distancia.
En los papeles, algunos números mejoran.
En la vida, casi ninguno.
Las economías no colapsan de golpe: se vacían. Primero se deja de producir; después se deja de vender; luego se deja de trabajar. Y finalmente se deja de planificar. El presente se vuelve una tarea extenuante y el futuro una abstracción reservada para quienes todavía pueden imaginarlo.
Celebrar precios que bajan porque no hay compradores es confundir la calma del desierto con prosperidad. Es mirar una vidriera inmóvil y creer que el problema era la mercadería.
La estabilidad verdadera no consiste en que nadie compre, sino en que muchos puedan hacerlo sin miedo. No se mide por la ausencia de consumo, sino por la capacidad de una sociedad de producir, intercambiar, emplear y crecer sin devorarse a sí misma.
Cuando una economía empieza a vivir solo de lo indispensable, no está ordenándose.
Está aprendiendo a sobrevivir.
Y sobrevivir, a la larga, no es vivir.

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