lunes, enero 19, 2026

Cuando el dolor pide culpables

Por Daniel KIPER
Columnista de nuestro Construcción Plural radio




Hay tragedias que no llegan solas. Llegan con el ruido de las sirenas, con el murmullo de los vecinos, con los titulares urgentes. Y llegan, también, con una pregunta que se repite como un eco incómodo: ¿quién es el culpable?

El accidente de Pinamar, en el que un niño quedó gravemente herido, pertenece a esa categoría de hechos que sacuden algo más que conciencias. Sacuden certezas. Porque cuando el dolor es demasiado grande, la sociedad —comprensiblemente— necesita una respuesta inmediata. Un nombre. Una imputación. Un gesto que parezca justicia.

Pero no siempre lo es.

En medio de ese temblor, el derecho penal entra en escena. Y cuando entra sin cuidado, corre el riesgo de dejar de ser herramienta para convertirse en reflejo.

El padre del niño no manejaba. No estaba al volante de ninguno de los vehículos que chocaron en la arena de Pinamar. No decidió la velocidad, no eligió la maniobra, no provocó el impacto. Sin embargo, fue imputado penalmente. El fundamento: el niño viajaba sin cinturón de seguridad.

El dato es real. El dolor, también. Pero el salto que sigue —del hecho a la imputación penal— merece una pausa.

Porque el derecho penal no trabaja con impulsos. Trabaja con límites.

Hay una diferencia que suele perderse cuando la tragedia ocupa todo el escenario: la diferencia entre culpa moral y responsabilidad penal. La primera pertenece al ámbito íntimo, al juicio social, a la conciencia. La segunda exige algo más frío y más estricto: que alguien haya creado o incrementado un riesgo prohibido y que ese riesgo explique, de manera directa, el resultado típico.

El padre, en este caso, no creó el riesgo vial. El choque no ocurrió porque el niño no llevaba cinturón. Ocurrió porque dos vehículos, conducidos por terceros, colisionaron. Esa es la escena central del hecho. Todo lo demás es derivación.

El derecho penal, incluso en sus momentos más severos, conserva reglas antiguas que no son caprichosas. Una de ellas dice que en los delitos culposos no hay cómplices ni instigadores. Nadie puede ponerse de acuerdo para ser imprudente. Nadie puede ayudar dolosamente a otro a cometer un descuido.

Lo único que puede existir es algo distinto: varias imprudencias que se cruzan y producen un daño común. Pero para eso, cada una debe aportar su propio riesgo. Y aquí aparece la pregunta decisiva, la que incomoda:
¿qué riesgo penal creó el padre?

No el del choque. No el de la conducción. A lo sumo —y esto no es menor— el de una menor protección frente al impacto. Pero una cosa es agravar el daño y otra muy distinta es explicar su origen.

Aceptar esta imputación sin reservas abriría una puerta difícil de cerrar. Porque entonces el derecho penal dejaría de castigar conductas típicas para castigar conforme al “sano sentimiento del pueblo”. Y cuando los sentimientos mandan, las garantías sobran.

¿Hasta dónde llegaría esa lógica? ¿Al padre que no logra evitar que su hijo cruce una calle peligrosa? ¿Al acompañante que no grita a tiempo? ¿Al que no insiste, no prevé, no imagina lo peor?

El derecho penal, que nació para ser la última respuesta del Estado, correría el riesgo de convertirse en la primera.

No se trata de negar responsabilidades. Existen otros planos donde las conductas se evalúan: el civil, el administrativo, el familiar. Allí el reproche cumple otra función. Pero llevar todo al terreno penal es algo distinto. Es usar la herramienta más dura para dar una respuesta rápida al dolor colectivo.

Y el derecho penal no está para eso.

Cuando la tragedia ocurre, la tentación de imputar es fuerte. Nombrar a alguien parece ordenar el caos. Pero hay decisiones que, aun nacidas del impacto emocional, tienen consecuencias duraderas.

Porque cuando el derecho penal se deja empujar por el dolor, deja de protegernos a todos. Y una sociedad que sacrifica sus límites en nombre de la urgencia no hace justicia: se expone a perderla.


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jueves, diciembre 04, 2025

Audio de Construcción Plural del 031225

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martes, diciembre 02, 2025

La Ley del Espejo: De Ucrania al Caribe

 Por Daniel Adrián Kiper


Hay hechos que no suceden en un día sino en un siglo, aunque el mundo los vea pasar como quien mira un barco cruzar el horizonte sin advertir que, detrás de su estela, se ha movido el mapa entero. Así ocurrió hace unas semanas, cuando un puñado de buques rusos entró silencioso en las aguas cálidas del Caribe venezolano y dejó flotando en el aire la sospecha de que algo muy antiguo se había quebrado: la seguridad con la que Estados Unidos creyó, durante doscientos años, que el hemisferio occidental era asunto exclusivo de su mirada.

Poco después, el mar Caribe ofreció una segunda escena. A la estela de las fragatas rusas le siguió la respuesta de Washington: destructores, guardacostas y aeronaves de patrullaje surcaron esas mismas aguas, como si una doctrina que muchos daban por enterrada se negara, tozuda, a abandonar el escenario. En ese espejo salino, buques rusos y buques estadounidenses se observan desde la distancia como dos presagios mudos de un orden que ya no sabe si está por terminar o por comenzar.

No hizo falta disparo alguno.
Bastó el rumor metálico de los cascos sobre el mar para resquebrajar un credo que Estados Unidos había proclamado casi como mandato divino: que todo lo que ocurriera en este hemisferio, desde el Río Bravo hasta la Patagonia, era, por derecho histórico y “destino manifiesto”, asunto suyo. Durante dos siglos, la Doctrina Monroe funcionó como contraseña y advertencia. Pero las doctrinas, como los imperios, no mueren de un solo golpe: primero se agrietan, luego se llenan de fisuras y, al final, un día descubren que ya nadie las obedece del mismo modo.

La llegada de Rusia al Caribe no fue un capricho ni una aventura romántica. Fue el resultado de una cadena de decisiones políticas: la expansión de la OTAN hacia las fronteras donde Rusia guarda su respiración más profunda; la voluntad de Moscú de reconstruir su condición de potencia; la necesidad de Caracas de encontrar aliados en medio del asedio económico; y la decisión de Washington de responder mostrando barcos, pero no compromisos claros a largo plazo. No hubo destino escrito: hubo cálculo, miedo, ambición y, también, errores.

Porque la política internacional —ese teatro donde se juega la vida de los pueblos sin que los pueblos lo sepan— no se mueve por discursos, sino por la combinación inestable de fuerza y percepción. Lo que Moscú vio acercarse en Europa durante tres décadas no explica todo, pero ayuda a entender por qué hoy busca proyectar su sombra en un mar que Estados Unidos consideró siempre propio.

Es un concepto clave del Realismo Geopolítico: la expansión de una potencia o alianza (la OTAN) genera inevitablemente una respuesta de balance (la proyección rusa en el Caribe). Es un juego de suma cero intensificado por la Teoría de la Decadencia Imperial de Estados Unidos, cuya sobreextensión en Asia y Europa le ha drenado la energía justo en el momento en que su hegemonía era más necesaria en su propia casa. Es decir, no se trata de moral, sino de la inestable combinación de fuerza y atención en el tablero global.

Al mismo tiempo, Rusia no es solamente una potencia reaccionando: es también un actor que lleva años reivindicando una “esfera de influencia privilegiada”, interviniendo en su vecindario y apostando por una presencia militar que la confirme como protagonista de primer orden.

Ni víctima inocente ni monstruo absoluto:
Rusia es, como Estados Unidos, un jugador del viejo juego del poder.

Del otro lado, los estrategas de Washington cometieron un pecado histórico que ningún alumno atento de política internacional debería pasar por alto: intentaron contener a Rusia sin incluirla, expandieron una alianza militar creada para encerrar a un enemigo que ya no existía y empujaron la frontera del miedo hasta las ventanas de Moscú. Las grandes potencias —esas criaturas inmensas que respiran en siglos— no toleran alianzas rivales rozando sus cristales. Que la OTAN no lo haya comprendido fue el error; que Rusia haya respondido, la consecuencia. Cómo respondió, en cambio, fue decisión suya.

A esta historia hay que añadirle un capítulo menos vistoso pero más profundo: la guerra económica. Las sanciones, presentadas como castigos quirúrgicos, se volvieron una red que terminó atrapando a quienes pretendían aislar. Venezuela, Irán, Cuba, Siria y luego la propia Rusia tejieron, por necesidad vital, un sistema paralelo para sobrevivir fuera del dólar y del circuito financiero dominado por Estados Unidos. La multipolaridad empezó a tomar cuerpo ahí, no en los discursos altisonantes, sino en la obstinación de los sancionados por no rendirse.

Así, casi sin que nadie lo notara a simple vista, Venezuela dejó de ser un problema interno de América Latina para convertirse en pieza de un tablero mucho más grande. A fuerza de presiones y castigos, Washington no debilitó al gobierno venezolano: lo arrojó a los brazos de quienes buscaban una puerta de entrada al hemisferio occidental. Sin proponérselo, convirtió a Caracas en enclave estratégico de Rusia, China e Irán: en un puerto de entrada militar, financiero y político.

La tragedia —si cabe la palabra— es que todo esto ocurre mientras la credibilidad moral de Estados Unidos se desvanece como tinta al sol. Los pueblos ya no creen en sus cruzadas por la libertad. Irak, Libia, Afganistán, Guantánamo… han dejado una sombra demasiado larga como para volver a iluminarla con palabras. Cuando la retórica pierde valor, queda sólo el poder desnudo. Y cuando el poder se muestra desnudo, lo que surge casi siempre es la resistencia.

Hoy, la sobreextensión de Estados Unidos —ese afán desmedido por estar en todas las guerras y en todas las esquinas del planeta— lo ha dejado exhausto, dividido y sin manos libres para responder en su propio vecindario. Ucrania, Taiwán, el mar Rojo, Oriente Medio… demasiados frentes para un solo corazón imperial. Fue en ese instante de cansancio, casi humano, cuando los barcos rusos atravesaron el Caribe y los barcos estadounidenses acudieron a marcar presencia, como si el dueño de casa se hubiese despertado tarde y a medio vestir.

La escena no anuncia, por ahora, una guerra abierta.
Anuncia algo más complejo: el final de una certeza.

Por eso el título de esta nota es, a la vez, diagnóstico y exageración. La Doctrina Monroe que creímos eterna ya no existe como regla indiscutida, aunque permanezca en los libros y todavía inspire reflejos defensivos. Lo que vemos no es un certificado de defunción, pero sí una enfermedad grave: una crisis terminal de esa idea de hegemonía exclusiva. El nuevo siglo no reconoce dueños únicos ni vigilantes indiscutibles. Es un mundo donde cada fuerza busca su equilibrio, donde los castigos generan alianzas inesperadas, donde los excluidos levantan su propio sistema.

Sin embargo, conviene no idealizar el paisaje. La multipolaridad no llegó para ofrecernos un paraíso de equilibrios justos. La historia de las relaciones internacionales enseña, con una frialdad casi cruel, que los sistemas multipolares suelen ser más inestables y más propensos al conflicto que los unipolares o bipolares. Demasiadas potencias, demasiadas agendas, demasiados malentendidos. Un mundo de varias manos puede ser más libre, pero también más imprevisible.

En el Caribe, los buques rusos y estadounidenses no proclamaron una paz nueva ni declararon una guerra vieja. Anunciaron algo tal vez más inquietante: un mundo donde nadie tiene la última palabra, donde las lógicas geográficas se mezclan con decisiones políticas a veces racionales y a veces no, donde los sancionados buscan refugio unos en otros y donde las grandes potencias reparten su atención entre Europa, Asia y América sin saber si les alcanzarán las fuerzas.

Cuando el poder pretende abarcarlo todo, corre el riesgo de perderlo justamente donde más lo necesita: en su propia casa.

Y en ese margen estrecho —entre la soberbia de los imperios y la fatiga de sus ciudadanos— se abre un tiempo nuevo, lleno de incertidumbres. No será la historia, ni la geografía, ni las doctrinas las que decidan su desenlace, sino las decisiones humanas —a veces lúcidas, a veces irracionales— de quienes hoy están al mando de estos barcos que cruzan el horizonte moviendo, sin decirlo, el mapa entero.

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domingo, noviembre 30, 2025

Argentina no necesita SAD: necesita dirigentes honestos

 Por Daniel Kiper



La discusión sobre las Sociedades Anónimas Deportivas (SAD) volvió al centro de la escena. Voces influyentes —entre ellas el Dr. Daniel Roque Vítolo, quien anoche en TN volvió a sostener que la “reconversión del deporte hacia la admisión de SAD es irreversible”— insisten en prometer que la privatización traerá capitales, modernización y eficiencia.
Sin embargo, la evidencia comparada, los antecedentes jurídicos y, sobre todo, la historia del deporte y de los clubes en la Argentina y en el mundo cuentan una verdad muy distinta.
Aquí no se discute sólo un modelo jurídico.
Se discute qué es un club, para qué existe y a quién pertenece.
Vayamos por partes.
1. El mito de las “inversiones millonarias”
El argumento central de los defensores de las SAD es simple: sin capital privado no habrá futuro. Según esa tesis —que el propio Presidente de la Nación ha repetido— la llegada de fondos extranjeros sería la única vía de salvación para los clubes.
Pero esa idea es engañosa. Lo que ocurriría en realidad es un traspaso masivo de activos ya existentes, fruto de una construcción colectiva de una generación tras otra:
• estadios,
• sedes sociales,
• divisiones inferiores,
• terrenos con altísimo valor urbanístico,
• contratos de TV,
• marca e ingresos futuros.
Se trataría, en palabras del propio Presidente, de un “negocio muy fácil” para quienes llegarían a apropiarse de lo que construimos entre generaciones. No un flujo genuino de capital productivo, sino un cambio de manos sobre un patrimonio previamente acumulado por los socios.
2. Por qué existen los clubes: una historia que explica el presente
Para comprender por qué la privatización no es una simple “modernización”, es imprescindible mirar la historia comparada del deporte.
2.1. Argentina: el deporte como construcción social, no estatal
El deporte argentino nació “de abajo hacia arriba”, a partir de construcciones colectivas privadas, asociativas y sin fines de lucro.
Los inmigrantes de fines del siglo XIX y principios del XX arribaron a nuestro país sin derechos políticos ni sociales. Lejos de esperar al Estado, construyeron las instituciones que necesitaban: mutuales, sindicatos, centros culturales y, en lo que aquí interesa, clubes deportivos.
Así fue como:
• construyeron canchas,
• levantaron gimnasios,
• crearon escuelas deportivas,
• organizaron torneos,
• abrieron espacios recreativos para niños y adultos.
Esos clubes —entre ellos el germen de la actual AFA, fundada en 1893 por Alejandro Watson Hutton— forjaron la identidad deportiva del país. No nacieron como empresas, sino como comunidades organizadas.


TUIT

martes, octubre 28, 2025

Una política económica-social de severos perjuicios a la mayoría de la población

 Por Alejandro ROFMAN


lunes, octubre 27, 2025

Milei y su #huracanvioleta

 Por Fernando Mauri

Periodista

TRES CLAVES, ENTRE EL MIEDO Y CONSERVAR ESTABILIDAD 

 El tan impresionante como imprevisto triunfazo de MILEi ayer creemos concibe comprenderlo a partir de tres ejes.
 
El primero, la remanida estrategia virtuosa de la bendita polarización que retrasa al país pero a la que recurren todos (desde el kirchnerismo al macrismo anteriormente) y que favorece a LLA cuando se mira el pasado reciente con un PJ que tras su deficitario desgobierno no encaró autocrítica interna siquiera, no exhibió renovación alguna y sigue sin ofrecer propuestas de futuro.

Pero otra clave reside a nuestro juicio en muchos sufragantes de voto lábil y blando optando en defensa propia para fortalecer a un gobierno debilitado y en modo tembladeral.

Es decir, no tanto avalar a Milei sino en defensa propia temiendo que la posibilidad de que Argentina entrara de nuevo en un estallido o al menos se agudizara la incertidumbre e inestabilidad si el oficialismo perdía e incluso a riesgo de dejar de disponer del apoyo del rico Tío Sam (o Donald, bah).
O sea, un Milei débil se habría terminado beneficiando de ese desvalor y del furibundo salvataje de USA.


Por último, más simple, la tercera clave, en PBA:
posterior al resonante triunfo bonaerense del peronismo en septiembre que ahora con más resonancia aún es revertido por LLA, la aparición de los ausentes votantes blandos que han optado habitualmente por el PRO y también la falta de juego territorial por parte de los intendentes, tal como se preveía, dictaminó el éxito de Espert/Santilli.

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jueves, octubre 09, 2025

Puede un desesperado Milei dolarizar?

 Por HERNAN NEYRA


EE.UU. puede tolerar que Panamá o Ecuador adopten el dólar,
pero a Argentina por una cuestión de tamaño no se lo puede tolerar.
No sólo es que hay que pasar por el Congreso, sino que para dolarizar hay que hacer
antes obligatoriamente una reforma constitucional.

Nuestra CN en su artículo 75 inc. 6) dice que corresponde al Congreso de la Nación Argentina la facultad de establecer
un banco con facultad de emitir moneda (Banco Central); 
el inc. 11) manda hacer sellar moneda y fijar su valor y el de las extranjeras y el 
19) obliga a defender el valor de la moneda. 
No es facultativo: la Constitución manda tener una moneda nacional porque es la lógica de la conformación
de cualquier Estado Nación y un mercado nacional. 
Incluso con la convertibilidad había una moneda nacional, aunque fuera la máscara del dólar, pero cumplía
con la legislación de base. El Congreso de la Nación Argentina no podría jamás delegar esa facultad en otro Congreso
extranjero ni por acuerdo internacional (porque sería de rango inferior), por eso la única vía para adoptar el dólar
como moneda única (dolarización) sería por la vía de una reforma constitucional. 
No hay atajos, artilugios ni conejos en la galera que valgan: solo reforma constitucional.


Y en términos económicos, el problema con la dolarización es que el Riesgo país sigue existiendo y
las tasas de interés en dólares serían siempre más altas que en Estados Unidos. Eso destruiría
al sistema bancario argentino porque no podría competir jamás con los bancos extranjeros. 
Perderíamos un sector entero y, además, es de los pocos que está creciendo hoy el financiero.
Si sostenés barreras a los bancos extranjeros, tus empresas se fondearían con tasas más altas
que las de Estados Unidos en la misma moneda, con lo que jamás podrías competir. 
Sería absolutamente inviable producir nada con moneda dólar y tasas locales.
Y si abrís, podrías producir poco menos que commodities porque nadie te va a prestar a vos, 
con un Riesgo país asociado: es mejor prestarle al que usa dólares y vende y exporta desde Estados Unidos.
Profundizaría todos los conflictos productivos que tenemos y nos crearía nuevos. 
Es la lógica del país para muy muy pocos: agro, litio, petróleo y sólo lo extractivo.

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