viernes, marzo 01, 2024

La “funcionalidad” de la guerra ruso-ucraniana

 Por Alberto Hutschenreuter



Desde el momento que Rusia invadió Ucrania, se aceleraron propósitos de Occidente, es decir, de Estados Unidos, que formaban parte del proceso que siguió al final del desplome de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría.


Entonces, la primacía que le dio a Estados Unidos la victoria implicó que Washington no compartiría ninguna cogestión estratégica de la política internacional. Sería la "superpotencia única", los demás y el resto. China no era vista entonces como un rival en ascenso, situación que fue reprochada más tarde por expertos como John Mearsheimer, Europa no parecía dispuesta a salir de su zona de confort bajo el amparo de Estados Unidos y Japón se encontraba restringido en su autoayuda y, además, dentro del marco del Tratado de Defensa con Estados Unidos.


Rusia, en cambio, era considerada como una eventual amenaza a la supremacía estadounidense, es decir, no la Rusia débil de entonces, claro, sino una Rusia renacida, fuerte, nacionalista y geopolíticamente revisionista. En otros términos, Rusia continuaba siendo percibida por Occidente como un problema o reto.


La debilidad rusa de entonces favoreció que Occidente rentabilizara su victoria en la contienda bipolar y desplegara iniciativas que, al principio, en una “Rusia que no era Rusia”, fueron seguidas casi con entusiasmo por el tándem Yeltsin-Kozyrev. Luego la visión de primero en relación con los verdaderos propósitos de Occidente cambiaría, pero al principio Rusia consideraba, como señaló Hélène Carrère d`Encausse, que Estados Unidos y Rusia, juntos, habían ganado la Guerra Fría al haber derrotado al comunismo soviético.


Esa estrategia de rentabilización se mantiene hasta hoy, siendo la ampliación de la OTAN la medida geopolítica más decisiva para anticiparse a una Rusia restaurada y mantenerla cercada y vigilada en sus mismas fronteras, la única manera de domeñar geopolíticamente a una Rusia cuya carga genética geopolítica protohistórica, según Occidente, era la expansión perpetua y el sometimiento de los pueblos. Es decir, Rusia era percibida por Occidente como una continuidad zaro-soviética.


La política exterior rusa se volvió más asertiva con los sucesos de Ucrania en 2013, siendo la anexión o reincorporación de la península de Crimea en 2014 su expresión más extrema.


Las relaciones con Occidente se tornaron cada vez más difíciles a partir de entonces, al tiempo que una guerra soterrada se inició en el este de Ucrania, hecho que, en buena medida, sería crucial para comprender los sucesos futuros.


Ahora, si bien Occidente mantuvo una línea estratégica ofensiva que no tuvo moderación geopolítica, es decir, nunca consideró alcanzar equilibrio estratégico y territorial con Rusia, a pesar de las diferentes instancias de diálogo y consultas que ambas partes lograron crear en los años noventa, el resultado de dicha línea, la reacción militar de Rusia el 24 de febrero de 2022, acabó siendo funcional para el primus inter pares occidental en más de un sentido.


En primer lugar, la Operación Militar Especial rusa no resiste el menor análisis desde el plano jurídico internacional, aun intentando interpretar ampliamente el artículo 51 de la Carta de NU. Pero en el plano del poder, los intereses y la geopolítica, la cuestión admite la discusión. Y sabemos que las relaciones internacionales son, ante todo, relaciones de poder, no de derecho.


En este contexto, la invasión fungió funcional desde la perspectiva de la línea estratégica señalada. En situaciones de rivalidad (y más todavía de discordia) interestatal, nada resulta más conveniente que una de las partes se encuentre en guerra. Desde la concepción del realismo ofensivo en política internacional, el sangrado (bait and bleed ) de un rival llevado a una guerra es una de las técnicas de poder más importantes.


Rusia y Ucrania se encuentran en estado de guerra hace dos años y los escenarios nos dicen que la tendencia marca una confrontación prolongada, a menos que haya un cese de fuego, algo difícil de ocurrir de acuerdo a la posición de las partes involucradas directamente y la de aquellos que apoyan a Ucrania y que casi descartan las posibilidades de una diplomacia verdaderamente comprometida.


Hay (al menos) dos asertos en política internacional: los procesos rara vez (por no decir nunca) son neutros, y en toda guerra no todos pierden, sobre todo aquellos que contribuyen a encenderla, no participan en ella, aportan armas y dinero a una de las partes que enfrenta a su rival y, finalmente, desdeñan o posponen la diplomacia.


Claro que en toda guerra habrá una parte victoriosa, pero siempre el precio será muy alto. Incluso puede haber victoriosos que no lo son tanto. Nadie mejor que Charles De Gaulle supo de ello cuando sentenció que en Europa tras el final de la Segunda Guerra Mundial hubo dos países que perdieron, mientras los demás fueron derrotados.


El general se refería a Francia y Reino Unido como derrotados, pues si bien estuvieron del lado ganador, no sólo acabarían por perder poder internacional, sino que depositarían, sin alternativas, su seguridad en otro, apoyo que resultaría capital para que Europa se recuperará y se convirtiera en la potencia institucional que es hoy.


Pero la experiencia no registra este tipo de potencias. Ninguna potencia que se precie de serlo puede ser insuficiente en el segmento estratégico, militar y geopolítico, mucho menos prescindir del mismo. Aunque las alianzas son bienes políticos y estratégicos que aumentan la seguridad de sus miembros, si hay un ascendente muy pronunciado por parte del actor principal de la misma, puede que el libreto estratégico de la entidad tienda a identificarse con los intereses y propósitos de ese actor.


En este punto, acaso es pertinente señalar que la guerra también fungió favorable para que Washington lograra ganancias de poder ante sus aliados, los países europeos, pues, como sentenciaba Henry Temple (conocido también como Lord Palmerston) en el siglo XIX, “las naciones no tienen amigos ni enemigos permanentes, solo tienen intereses permanentes”.


Consideremos brevemente los siguientes hechos.


La guerra aceleró el desacople entre Europa y Rusia, particularmente entre Alemania (la locomotora europea) y Rusia, dos países que, salvo en las guerras mundiales, siempre mantuvieron buenas relaciones. Hace una década, el intercambio comercial entre estos dos actores era superior a los 100.000 millones de dólares, mientras que en 2023 fue menos de la mitad de esa cifra.


El envenenamiento de Navalny en 2020 fue el hecho que galvanizó a Europa frente a Rusia, pero la guerra causó un seísmo tal que llevó a la misma Alemania a cambiar su enfoque militar y prácticamente detener la relación energética "de territorio a territorio" que mantenía con Rusia.


Considerando este contexto, pertinentes resultan las reflexiones del francés Emmanuel Todd relativas con que la extensión de la OTAN al este fue contra Rusia, pero también contra Alemania. No es para nada una hipótesis atrevida la de quién como nadie anticipó (en los años setenta y con solo 26 años de edad) la caída de la URSS.


Hoy, a más de dos años del inicio de la confrontación, la Unión Europea no sólo continúa sancionando a Rusia, sino que mantiene la asistencia financiera y militar a Kiev, al tiempo que se muestra reluctante al despliegue de una diplomacia intensiva que logre un cese de fuego o tregua que detenga la matanza en Ucrania.


Por otra parte, la guerra consolidó la Alianza atlanto-occidental, uno de los objetivos de los demócratas desde antes de la guerra. Más todavía, amplió el número de miembros logrando que Finlandia y Suecia (país éste que hacía dos siglos mantenía la condición de neutralidad) se sumaran. De este modo, el frente de frontera de la OTAN y Rusia se extendió cientos de kilómetros.


En buena medida, la consolidación y ampliación del número de miembros no sólo asegura el bloque, sino que lo resubordina a Estados Unidos, pues hace muy difícil que Europa cree su propia entidad de seguridad. Podría hacerlo, pero con un gran esfuerzo de inversión en el rubro militar, muy por encima del dos por ciento del PBI de cada actor que exige el Tratado fundacional de la Alianza.


Esa neosubordinación es tal que, si una próxima administración republicana en Estados Unidos decide abandonar el compromiso con Ucrania, Europa se encontraría ante un escenario muy difícil, pues Europa, sí decide continuar apoyando a Ucrania, necesitará mucho tiempo para adquirir capacidades militares suficientes. El experto Nicolás Tanzer considera un tiempo no menor a diez años, con gastos de cuatro a siete por ciento en defensa.


El desacople energético, un propósito estadounidense de bastante antes de la guerra, ha implicado la búsqueda por parte de la UE de nuevas fuentes de suministros, siendo Estados Unidos uno de los actores que se ha posicionado como uno de los nuevos abastecedores de Europa. Según datos del experto Dan Eberhart, quien considera que las exportaciones de energía de Estados Unidos a Europa "fueron fundamentales para el éxito del esfuerzo de Europa para desvincularse de Rusia", los envíos de gas natural licuado estadounidense a los puertos europeos se duplicaron con creces en 2022 en relación con el año anterior. Lo mismo ha sucedido con el petróleo: las exportaciones de Estados Unidos a Europa aumentaron cerca de un 70 por ciento en 2022 en relación con 2021.


En breve, desde el punto de vista del humanismo y el idealismo internacional, a nadie beneficia una guerra, sin la menor de las dudas. Pero desde el realismo y desde la experiencia internacional, la guerra siempre implica ganancias de poder para alguien.


En este contexto, los países de Europa son unos de los “no ganadores” en la innecesaria guerra de Ucrania, si por ello entendemos actores que, por no poder, no saber o no querer, no han seguido sus propios intereses. De haber sido así, tal vez no hubiera habido guerra en su continente.


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martes, febrero 13, 2024

El Audio de Construcción plural del 130224

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viernes, enero 19, 2024

El frágil desorden del mundo

 Por Alberto Hutschenreuter




 

¿Hay algo más preocupante que un mundo sin orden o configuración, es decir, un mundo donde el establecimiento y deferencia de normas comunes que favorezcan la cooperación entre los Estados se reduzca casi a mínimos? Pues sí: un mundo en el que los actores preeminentes que deberían estar “preocupados y ocupados” en la construcción del orden se encuentren bajo creciente rivalidad, al punto de que la situación no sea de “pacífico desacuerdo” sobre diferentes cuestiones sino de tensa discordia o de "guerra latente".

Es el estado del mundo hoy, donde solo una situación que implique una "fuga hacia delante" en la placa geopolítica de Asia-Pacífico, digamos, a partir de un incidente o provocación mayor entre China y Taiwán o entre China y Japón, coloque al mundo en una nueva catástrofe militar a escala mundial; pues entonces, los tres escenarios selectivos, es decir, los de mayor concentración de intereses geopolíticos, geoeconómicos y geoestratégicos (esto último implica actores mayores e intermedios en liza), Europa del este, Medio Oriente-Golfo Pérsico y Asia-Pacífico, estarán atravesados por el estado de guerra.

Sí ello finalmente sucediera, la principal preocupación manifestada por Henry Kissinger en su obra Orden Mundial, la de no lograr reconstruir un sistema interestatal estable, no solamente será realidad, sino que hasta podrían crearse situaciones novedosas, complejas y turbulentas, por caso, órdenes regionales bajo determinadas esferas de influencia identificadas con estructuras internas y formas de gobierno particulares, por ejemplo, el modelo westfaliano contra la versión islámica radical.

Esto último no deja de ser una interesante hipótesis. Pero no lo es el reto que supone la falta de orden internacional y la situación actual de guerra latente o de "no guerra" entre los poderes mayores del mundo. Desde la crisis de los misiles en Cuba, nunca hubo una situación de tan tensa rivalidad en el mundo. De dicha crisis ambos poderes, Estados Unidos y la Unión Soviética, extrajeron conclusiones diferentes y desestabilizadoras, pero como predominaba un régimen internacional, ambos lograron acuerdos estratégicos hacia fines de los sesenta y en los setenta.

Hoy tenemos una situación más peligrosa, pues en el territorio de Ucrania los combatientes son rusos y ucranianos. Pero en el segmento o nivel estratégico de la confrontación los oponentes son Rusia y Estados Unidos. La asistencia financiera y militar es la que ha hecho que la guerra sea larga y discernible en relación con el (hasta hoy) compromiso creciente de Occidente con Ucrania.

Pero la guerra ha sido el epítome de un proceso de búsqueda de ganancias de poder entre Estados que se inició hace muchos años, y que acabó por trastocar todos los equilibrios geopolíticos y estratégicos en el "cinturón" de Europa del este, particularmente en esa "región puerta" que es Ucrania (como la denominan los geopolitólogos).

Esa curiosa lógica de pretender maximizar poder y seguridad por parte de Occidente ha depreciado sensiblemente las posibilidades de alcanzar una configuración internacional. Acaso sea éste el principal rasgo del desorden disruptivo que tenemos hoy en el mundo: un estado internacional en el que los actores "que pueden" se muestran reluctantes a creer en las posibilidades de orden y en la conveniencia de culturas estratégicas existentes como activos públicos que proporcionen estabilidad.

Casi en todas las dimensiones de la seguridad internacional se extiende esta realidad centrada en el poder nacional y en los intereses nacionales primero, siendo acaso una de las más evidentes el segmento de las capacidades militares estratégicas, donde la disuasión parece un concepto peligrosamente dejado de lado por concepciones tendientes neutralizar la retaliación a un primer golpe atómico.

En este contexto de desorden internacional, la dimensión geoeconómica y tecnológica del mundo podría acabar siendo impactada por alguna situación que erosione el costo de la ruptura del comercio internacional, y se produzca entonces una desglobalización, es decir, la ruptura de la última red de contención ante el ascenso de la disrupción geopolítica global.

El especialista Robert Haass sostiene que hay un nuevo desorden internacional. En él, "las malas noticias superan a las buenas". Y la principal es la falta de consenso entre los actores para establecer mínimos acuerdos en viejos y en nuevas temáticas.

Haas es un realista, pero es muy discutible que lo que sostiene implique que nos encontremos en un nuevo desorden internacional. El desorden viene de hace tiempo. Podemos ser cautos y decir que desde la cooperación que permitió superar relativamente la crisis financiera de 2008 el clima internacional se fue deteriorando. Pero, en rigor, el “nuevo desorden” es el “viejo desorden” que se inició cuando, tras el fin de la Guerra Fría, en lugar de la búsqueda de un nuevo concepto relativo con el equilibrio, en Occidente se buscaron ganancias de poder para afirmar una primacía que con el tiempo terminó siendo desestabilizante, siendo la confrontación en Ucrania la más lamentable de sus consecuencias.

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martes, enero 16, 2024

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miércoles, enero 10, 2024

El Audio de CP del 090124

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sábado, enero 06, 2024

Las relaciones México-Argentina

 
Por Gustavo Ferrari Wolfenson (*)



Las relaciones entre México y Argentina siempre han sido un romance no consumado entre dos países que se admiran y a su vez se recelan. Si bien los lazos han tenido etapas muy cercanas y otras equidistantes, lo real es que la confraternidad entre ambas naciones siempre ha ido más allá de las opiniones o simpatías de los gobiernos de turno.
Desde el arribo a México de la primera gran camada de artistas de cine, cantantes y grupos folclóricos, ya sea por problemas políticos durante el primer peronismo o por el boom del cine mexicano de la década del 40 (un tema muy bien relatado por Silvia Mercado en su libro "Apold, el inventor
del peronismo"), la llegada de futbolistas a sumarse a los equipos locales en los 60´s, la corriente intelectual de los 70´s iniciada primero ante las amenazas de la Triple A y la posterior Junta Militar, el colectivo del presente siglo en busca de oportunidades laborales, estabilidad economía y el disfrute
de las bellezas de sus playas del caribe, siempre México ha significado un destino atractivo para el argentino, así como en los últimos años, principalmente la ciudad de Buenos Aires y
Mendoza, han resultado un descubrimiento cultural,
gastronómico y turístico muy enriquecedor para el mexicano medio y de clase acomodada.
En materia de relaciones diplomáticas, siempre México, se ha apegado a la Doctrina Estrada (doctrina de cuño internacional inspirada en 1930 en el canciller mexicano Genaro Estrada)
que señala que el país no anuncia públicamente el
reconocimiento diplomático de otros estados o gobiernos como parte de la no intervención en los asuntos internos de otros países.
Sin embargo, durante el golpe del 76 (yo trabajaba en ese momento en la embajada argentina en ese país), México tardó seis meses en reconocer a la Junta Militar, así como condicionó su apoyo durante el conflicto Malvinas a que el gobierno argentino otorgara el salvoconducto para la salida
de Argentina del ex jefe de Estado y ex embajador en ese país, Héctor Cámpora, asilado poco más de tres años en la sede de la embajada mexicana en Buenos Aires.
Durante estos últimos tiempos, durante el gobierno del presidente Alberto Fernández, a través del Grupo Puebla hubo una afinidad ideológica para profundizar el diálogo político a partir de “un modelo de crecimiento y de desarrollo orientado al bienestar de los sectores menos favorecidos y de
una economía inclusiva con justicia social”, y la cooperación a través del Acuerdo de Asociación Estratégica México-Argentina, conformado por las comisiones de Asuntos Políticos, de Cooperación y de Asuntos Económicos, Comerciales e Inversión. Para ello, se suscribió una Hoja de Ruta para la reactivación de los mecanismos bilaterales entre México y Argentina en 2021, que jamás terminó operando. 

En materia de relaciones comerciales entre ambos países se ubicó en mil 082 millones de dólares en el periodo enero- agosto del 2023, lo cual representó una caída de 17 por ciento respecto al mismo periodo del año pasado, de acuerdo con las cifras de la Secretaría de Economía.

Cabe destacar que, en los primeros ocho meses de
2023, México exportó a Argentina 569.8 millones de
dólares, 14 por ciento menos que en 2022.
De igual manera, las importaciones de productos
argentinos tuvieron una caída de 19 por ciento anual.
Sólo en el mes de agosto del año pasado, las
mayores exportaciones que realizó México a Argentina fueron:
 Automóviles 13.6 millones de dólares)
 Autopartes (12.9 millones de dólares)
 Artículos farmacéuticos (4.7 millones de dólares)
 Vehículos para transporte de mercancías (3.5 millones
de dólares)
 Preparaciones capilares (3 millones de dólares)
En contraparte, los argentinos vendieron a México los
siguientes productos:
 Medicamentos / Preparaciones para usos terapéuticos o profilácticos (12.5 millones de dólares)
 Manzanas, peras y membrillos frescos (7 millones de dólares)
 Aceite de soya (6.2 millones de dólares)
 Vehículos de transporte de mercancías (6.1 millones de dólares)
 Vino (4 millones de dólares)

Un dato interesante es que la Ciudad de México es el mayor comprador de productos argentinos, pues del total de las importaciones en agosto 2023, el 54 por ciento lo adquirió la CDMX. O sea, el desenvolvimiento de la sede diplomática
y comercial de nuestro país hacia el interior de México y los contactos con las provincias han sido casi nulos.
Mirando un poco el presente y hacia el futuro, el comentario hecho por el actual presidente Andrés Manuel López Obrador, en el sentido de que los argentinos se metieron “un autogol” con la elección del Javier Milei, es parte del dualismo que la política exterior de México ha sufrido durante este sexenio,
donde el primer mandatario ha priorizado la renovación de sus socios comerciales a través del Tratado Trilateral de Libre Comercio conocido como T MEC (entre México, Estados Unidos, Canadá) y, curiosamente, una relación de armonía y diálogo mucho más fluida con la administración Trump, que con la actual del presidente Biden. Los otros instrumentos internacionales donde México es parte activa, no han tenido mayores protagonismos en este gobierno ya que López Obrador es un líder que detesta salir al exterior, reunirse con sus pares y ha dedicado sus seis años de gobierno a privilegiar su política interna sobre la internacional.
A pesar de ello, como diría la canción de Vox Dei: “todo tiene un final y todo termina”. En pocas semanas se inicia el proceso de sucesión presidencial que, al viejo estilo priista del siglo XX, ya ha tenido el dedazo del presidente saliente para
determinar quién será su sucesor. Por primera vez en la historia del país, todo hace pensar que una mujer, Claudia Sheinbaum, curiosamente de origen judío y no guadalupano, será la candidata ganadora a la presidencia de México marcando una continuidad del proyecto del “modelo de la "4ta Transformación” implementado por López Obrador. Los
números marcan que la popularidad con la que abandonará el actual mandatario su presidencia (superior al 60 por ciento) y los indicadores distribucionistas del país, hace muy difícil que
se produzca un triunfo de la coalición opositora.
Pero al viejo estilo del priismo, no siempre el sucesor es un fiel soldado de quien lo ungió y si bien la obediencia se marcará hasta el último día de gobierno del titular del ejecutivo saliente, ya hay señales que su sucesora está buscando acercamientos y llevar una política exterior más entrada en la
modernidad, el realismo y una presencia internacional con mayor actividad. La cooperación en temas como narcotráfico, el avance del fentanilo, seguridad, migrantes son parte de una agenda que se ha ignorado o desatendido y urge poner en
funcionamiento. 

El lavado pronunciamiento de México, en el conflicto Rusia-Ucrania y sobre todo el de Medio Oriente, ha movido a la posible próxima presidenta a buscar desde ahora canales informales de acercamiento con interlocutores del estado de Israel, y mucho más perteneciendo a una colectividad judía económicamente muy poderosa en el país. 

Los días que vienen para las relaciones México-Argentina en un nuevo proceso electoral, a nivel presidencial, estatal, municipal y legislativo, marcarán seguramente la necesidad de un seguimiento profundo en el conocimiento de un país,
sus actores, el rumbo que tendrá en sus próximos seis años y los beneficios que pueden presentarse en su alianza estratégica comercial de salir a vender, mucho más teniendo en cuenta los números a la baja que se han presentado en materia comercial.

En resumen, la pertenencia histórica y cultural de México y Argentina como parte de América Latina, subrayan la relevancia de la relación entre ambos países, más allá de los dichos del actual presidente López Obrador, para continuar impulsando la integración regional y sobre todo una relación
bilateral basada en el libre comercio y comprometida sobre la base de reglas establecidas mediante el consenso de los respectivos países.




(*) Nuestro Columnista radial GFW es Doctor en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Consultor Internacional en temas de fortalecimiento de gobiernos. Fellow del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Harvard. Ha trabajado en México como diplomático argentino, académico y consultor de gobiernos nacionales y
provinciales de ese país. Ha sido condecorado junto a su familia en dos
oportunidades por el gobierno de México por los servicios prestados al país y se
ha hecho acreedor del Premio Pontífes de Administración Pública por sus aportes
al mejoramiento de la calidad de gobierno.

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miércoles, enero 03, 2024

El Audio de 1er CP del 2024: 030124

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