miércoles, enero 25, 2023

Una Alemania atlántica, antirrusa y antigeopolítica


 Por Alberto Hutschenreuter




Finalmente, Berlín aceptó que Polonia suministre tanques Leopard 2 (de fabricación germana) a una Ucrania necesitada de capacidades que le permitan sostener la guerra con una Rusia dispuesta a incrementar recursos. Más todavía, de acuerdo a reciente información, la misma Alemania, previo debate en el Parlamento, suministraría tanques Leopard 2 a Kiev. 

Así, la guerra no sólo continuará por tiempo indefinido, sino que seguirá también el deterioro de la seguridad regional, continental y mundial; pues el enfrentamiento militar directo entre Rusia y Ucrania va acompañado del precario estado de  no guerra entre la OTAN y Rusia, dos actores con capacidades nucleares tácticas y estratégicas (hay que recordar que los países europeos con ese tipo de capacidades estadounidenses estacionadas en su territorio, Alemania entre ellos, son considerados "no nucleares-nucleares"). 

La invasión u operación especial iniciada el 24 de febrero de 2022 produjo un seísmo en la cultura estratégica de Alemania. Es verdad que desde los sucesos de Ucrania-Crimea en 2013-2014 surgieron voces en el gobierno de Merkel que consideraban reconsiderar la disciplina que no sólo nació en Alemania, sino que fue allí donde se le dio un enfoque militar, darwinista y suelo-racial: la geopolítica. 

La reconsideración implicaba ahora no olvidarla, pues quedaba claro que aquellos y otros sucesos hacían imposible plantear escenarios sin rivalidades interestatales en Europa (situación que Europa prácticamente había desterrado, a pesar de haber experimentado una guerra total en la ex Yugoslavia hacía veinte años). Fue así que se impulsaron centros para seguir los acontecimientos en clave político-territorial. 

La guerra apresuró esa "nueva inquietud" en Alemania, al grado que supuso un "punto de inflexión" (Zeitenwende") para el gobierno del entonces flamante canciller Olaf Scholz. Habría un antes y un después en el país a partir del 24 de febrero. 

Un atlantismo más extremo ha sido y es una de las consecuencias. La "Doctrina Adenauer" implicó que la Alemania de posguerra "adoptaría" (no había ninguna opción para un país derrotado, ocupado y dividido) un patrón de política exterior y de seguridad alineado (un eufemismo por subordinado) a Washington. 

Dicho patrón se mantuvo, pero más adelante, sobre todo desde la llegada de Willy Brandt a la cancillería, sufrió una mixtura, pues Alemania desplegó una diplomacia que rompía con la "Doctrina Hallstein" de 1952 (según la cual, con la excepción de la Unión Soviética, Alemania no establecería ni mantendría relaciones con ningún país que reconociera a la República Democrática Alemana), a la vez que defendía la Westpolitik. 

El atlantismo extremo implica una subordinación alemana a Estados Unidos, y el dato más categórico es geoenergético: Alemania, que desde hacía años recibía gas “de territorio ruso a territorio alemán”, es decir, evitando el tránsito del recurso por terceros (como Bielorrusia, Polonia y Ucrania), ha puesto fin a esa asociación con Rusia. Ello significa que tendrá nuevas fuentes, siendo posiblemente una de las más importantes el gas licuado proveniente de Estados Unidos. 

Si esto último sucede, las ganancias de poder obtenidas por Washington como consecuencia de la guerra habrán sido notables: lograr desacoplar energéticamente al actor más poderoso de la Unión Europea de Rusia, convertirse tal vez en uno de los principales suministradores (de Alemania y los demás actores europeos) y, además, conseguir que Alemania (y otros) asuman económicamente más responsabilidad en materia de gastos militares.  

Por ello, muy bien ha dicho recientemente el experto francés Emmanuel Todd que “la expansión de la OTAN en Europa del este no iba dirigida principalmente contra Rusia, sino contra Alemania. La tragedia de este país es que aun creía estar protegida por Estados Unidos”. Entre los Estados Unidos y Rusia, “los europeos se encuentran en un impresionante estado de confusión mental. Esto es especialmente cierto en el caso de Alemania”. 

El enfoque antirruso es otra consecuencia de la guerra. Si bien desde el envenenamiento del político opositor ruso Alexéi Navalny Berlín tomó distancia fuertemente de Moscú, la invasión fue el punto de inflexión para reducir drásticamente las relaciones. Se trata de un dato fundamental, pues, salvo en las guerras mundiales, las relaciones entre Alemania (Prusia) y Rusia siempre han sido buenas. Es importante recordar que antes de los hechos que terminaron con la anexión o reincorporación de Crimea a Rusia la relación comercial entre estos dos países ascendía a más de 100.000 millones de dólares. 

Además, dicho enfoque puso fin a la orientación occidental de la política exterior de Rusia, hecho que necesariamente ha impulsado la ampliación de la “ventana asiática” en el enfoque externo ruso. 

Por último, aunque en Alemania se haya vuelto a hablar de geopolítica, ello no significa que el país se haya convertido en un actor geopolítico. Por el contrario, acaso la renuncia a trabajar con denuedo desde el principal activo que caracteriza a una “potencia institucional”, es decir, desde una diplomacia activa, realista y propia, la coloque en una condición antigeopolítica. 

En efecto, insistir con el apoyo económico y militar a Ucrania implica proseguir trabajando no solo en la indefinición de la contienda y el desastre de todas las dimensiones de la seguridad, sino en dirección de la divisibilidad de la seguridad interestatal, precisamente, una de las cuestiones que ayuda mucho a entender el porqué de esta guerra.  

La geopolítica es acaso la principal causa de la disrupción que hoy se vive en Ucrania y en la región; por tanto, la salida tendrá que basarse en la geopolítica, esto es, en que ningún poder mayor logre ventajas político-territoriales en su seguridad en detrimento de otro. Pero por ahora ello no parece encontrarse cerca.  


sábado, enero 14, 2023

El homicidio en manada y algunos problemas que suscita.

 Por Daniel Kiper
Abogado 

CPACF T° 14 F° 77



Ya los clásicos acostumbraron a distinguir el dolo por su intensidad y duración, en dolo de ímpetu o pasional; dolo repentino; dolo con simple deliberación, y dolo premeditado.

La doctrina reconoce el “dolo de ímpetu” que comprende, al decir de Pierre Muyard de Vouglans “los crímenes que se cometen en un primer movimiento y que son efecto de la cólera y del arrebato, tales como a los que se llega en una riña, en la embriaguez o en el ardor de una pasión inmoderada". (Institutes ou Droit Cflminel, París, 1757, pp.6-7).

Se trata de supuestos donde existe una conducta agresiva contra la integridad física de una persona que, a causa de la continuidad y parcial superposición de la resolución y la acción, abarca una voluntad realizadora de cualquier resultado o de varios resultados.

Francisco Carrara afirma que: "La intención positivamente dirigida a la muerte requiere que, en el individuo al cual se le pretende atribuir Ia tentativa de homicidio, resulte de circunstancias que muestre que a Ia inteligencia del agente se le presentó en forma explícita Ia idea del homicidio, y que aquel la prefirió a la idea de la simple lesión". (Ver Programa de Derecho Criminal", volumen I, artículo 368).

“No cabe duda que si con este dolo se alcanza el resultado letal, habrá un homicidio consumado, porque ese resultado entraba dentro del daño querido y propuesto como fin de la acción” Zaffaroni, tratado t. III, p 358.

La intención explicita de cometer homicidio se manifiesta por los actos de ejecución que recaen directamente sobre la víctima. Los golpes por su fuerza, ferocidad, cantidad, puntos de impacto, aplicados a persona inconsciente o incapaz de defenderse o protegerse resultan inequívocos.

En el caso Báez Sosa los jueces deberán determinar si las pruebas demuestran la intención positiva dirigida a causar la muerte. Se trata de una cuestión que se dirimirá en función de las pruebas de la causa, e incidirá para una correcta calificación legal de las conductas desarrolladas por cada uno de los imputados.

Un problema diferente resulta de la “Teoría de la pena” y fundamentalmente de la Constitucionalidad de la Prisión perpetua y de las penas de larga duración.

La historia de nuestra civilización nos muestra una dirección: avanzamos hacia penas que respeten la dignidad de la persona. Hemos dejado de lado penas infamantes, la pena de muerte, mutilaciones, torturas y aceptado la pena de prisión por su mayor humanidad.

La forma en que se ejecuta la pena de prisión -condiciones indignas- y la excesiva duración del encierro nos enfrenta al mandato Constitucional (art. 18 “Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquélla exija, hará responsable al juez que la autorice”) y al Derecho Internacional que le adjudican a la pena el fin de reinserción social (artículos 5, inc. 6, CADH “Las penas privativas de la libertad tendrán como finalidad esencial la reforma y la readaptación social de los condenados”, artículo 3 CEDH “Nadie podrá ser sometido a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes”).

Si la pena de prisión se extinguiese sólo con la muerte natural del reo es evidente que el Estado habría renunciado a la posibilidad de reinserción social del condenado. La falta de un límite máximo deshumaniza la pena. Su fin, en tal caso, será el castigo, la venganza o ejercer el control social a través del miedo. No son felices los ejemplos que aporta la historia. Recordemos el Nacht und Nebel Erlass (Decreto de Noche y Niebla), dictado por el régimen Nazi el 7 de diciembre de 1941. (La instrucción dada por Heinrich Himmler a la Gestapo señalaba la necesidad de aplicar penas crueles porque de lo contrario la pena “será considerada un signo de debilidad”). antecedente de la desaparición forzada de personas.

El Código Penal de 1921 otorgaba el beneficio de la libertad condicional a partir de los 20 años de condena. Por la denominada ley Blumberg el plazo fue ampliado a 35 años (ley 25.892 -del año 2004-). No es automático sino que se otorga bajo ciertas condiciones que algunos reos nunca alcanzaran. El condenado no sólo es encerrado, también es privado de cualquier esperanza de libertad.

La falta de un horizonte de libertad es propia de la prisión perpetua y de la prisión de larga duración. La fijación de un periodo mínimo de cumplimiento muy elevado es difícilmente compatible con la idea de resocialización. El condenado es socialmente eliminado, parecido a la muerte, ocasionándole un daño psicofísico relevante.

El fin de reinserción social es un límite para el legislador en el sentido de que no se pueden establecer penas que por su naturaleza o duración no permitan la reeducación o la resocialización, ni se debe establecer un sistema de ejecución de las penas contrario a este principio.

Podemos recordar, en tal sentido, la sentencia de la CIDH en el caso Mendoza vs Argentina. De igual modo la sentencia de la CSJN en el caso Maldonado (2005) -ambas referidas a menores-. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos requiere que la aplicación del principio de reinserción y sus consecuencias lo sean de forma individualizada en función de la situación de cada preso y en concreto de su pronóstico de peligrosidad criminal (Ver caso Vinter y otros c. Reino Unido, 2013).

En nuestro país algunos autores entienden que la pena de prisión tiene una extensión máxima de 30, 25 o 20 años según las interpretaciones que realizan del Estatuto de Roma y de la ley 26.200, o del plazo de prescripción de la pena.

En la legislación comparada se observan mecanismos concretos de revisión periódica de la pena a fin de evaluar su necesidad en función de la evolución de la personalidad del recluso.- En España la revisibilidad de la prisión permanente fue introducida en la modificación del Código Penal en el año 2015.

En Argentina existe un debate abierto.

jueves, diciembre 22, 2022

A modo de balance estratégico internacional

 Por Alberto Hutschenreuter







          Aunque prácticamente nada significa el final de un año en las relaciones internacionales, pues, más allá de las siempre presentes expectativas que tiende a motivar el cierre de un ciclo, los hechos continúan su curso, el momento no deja de ser pertinente para realizar algunas consideraciones sobre la situación internacional.


          Existen al menos dos acontecimientos que no se encuentran balanceados, provocando por ello una marcada situación de inestabilidad, tensión e incertidumbre.

          Por un lado, el estado de discordia que existe entre los poderes preeminentes  aleja la posibilidad de algo que se aproxime a una configuración u orden internacional. Predomina un desorden internacional confrontativo que, en el caso de Rusia y Occidente, implica prácticamente un sensible estado de no guerra. En efecto, mientras el anillo táctico de la guerra entre Rusia y Ucrania no ofrece perspectivas de acuerdo, el anillo estratégico de ese conflicto, el que involucra a Rusia-Occidente, acusa un significativo deterioro, hecho que arroja dudas sobre una eventual e inquietante "pluralización" de la guerra, al tiempo que compromete la seguridad internacional para lo que resta de la década.

          Cabe aclarar que ese estado de desorden confrontativo entre potencias mayores obedece, en buena medida, a políticas que dejaron de lado el carácter indivisible de la seguridad, es decir, al principio internacional relativo con que la seguridad de una parte no puede obtenerse en detrimento de la otra parte. Precisamente, es lo que ha venido sucediendo desde hace tiempo en la placa geopolítica de Europa del este, donde la OTAN desplegó una geopolítica de cuño revolucionario frente a Rusia, es decir, nunca se autolimitó en términos territoriales. La invasión del 24 de febrero de 2022 fue, en gran medida, la contestación de Rusia a tal desequilibrio, a esa “marcha hacia el este” de la Alianza.

     

Pero hay otras zonas atravesadas por la discordia. La región del Indo-Pacífico supone una dinámica geocomercial cada vez más intensa, pero también allí se concentran lógicas más cercanas al desorden que al orden. Es decir, en paralelo a las asociaciones militares que se renuevan o se impulsan con el propósito de contener a China, también se pretende una suerte de "cordón sanitario económico" que límite el acceso a Pekín a los mercados regionales, con el fin de que la gran potencia exportadora abra sus mercado a los productos (centralmente) estadounidenses. Una suerte de "doble contención" por parte de Washington al actor considerado el principal rival, más allá de algunas muy tenues señales de distensión que hubo entre Xi Jimping y Joe Biden en la cumbre del G-20 realizada en Indonesia en noviembre pasado.

 

   En este marco, la situación es más crítica para China, no solo por los crecientes problemas socioeconoómicos que afronta y que podrían aumentar, sino por el reto que le significa la cuestión particular de los semiconductores. Como sostiene Victoria Herczegh del think tank Geopolitical Futures, según la Asociación de la Industria de Semiconductores de China, si no se logra un salto en la producción, el país podría retroceder casi una década, privando así a China de uno de los segmentos más importantes en la construcción de lo que allí denominan “poder agregado”.


          El otro hecho que provoca un impacto es la economía internacional, pues la pandemia hizo que los desequilibrios económicos y la desglobalización fueran más rápidos. Luego, la guerra terminó por deteriorar más todavía la situación: quedó claro que las “capas” de sanciones a Rusia y la prolongación de la confrontación crearon dificultades para este país, pero también para Occidente, particularmente para la Unión Europea, uno de los claros “no ganadores” de esta innecesaria guerra. Claramente, los países de la UE tendrán que recrear y construir toda su dimensión energética para suplir la energía proveniente de Rusia.

 

          Este segundo hecho, una economía mundial descendente, implica que se podría dejar de contar con el único sucedáneo de un orden internacional, pues, si bien no llega a implicar un orden, el comercio internacional ascendente tiende a inhibir las lógicas de confrontación. Aquí China vuelve a ser el caso: la guerra en Ucrania le ha significado una incomodidad para régimen de Pekín, pues para un actor exportador como lo es China, más allá que de que el régimen se encuentre abocado a modificar el modelo que por décadas le significó ascenso internacional, la globalización y la estabilidad económica son vitales para su curso.

 

          Por tanto, si queremos disponer de alguna respuesta sobre la compleja condición internacional, los desequilibrios que sufren la geopolítica y la geoeconomía son factores centrales.

 

          En relación con la geopolítica, la guerra, el vórtice de los múltiples desfasajes que impactan en aquella, no parece que se encuentre cerca de algún acuerdo. El carácter inconquistable de la confrontación, esto es, ninguna de las dos partes estaría dispuesta a realizar renunciamientos, extendería la pugna. Además, como quedó corroborado en la visita que hizo Zelensky a Estados Unidos estos días, Ucrania continuará recibiendo apoyo financiero y material (entre estos últimos lo que tanto quería Kiev de la potencia: sistemas que le permitan atacar a Rusia con mayor profundidad).

 

          Por su parte, la UE no solo ha congelado su principal activo como “potencia civil normativa”, la diplomacia, sino que también contribuye a extender la confrontación con asistencia financiera y equipos. Es decir, aunque la guerra la ha dañado y aumenta la inquietud en los países, la UE opta por continuar siguiendo el libreto estratégico extracontinental. No ha elaborado ni una sola propuesta para cesar la guerra y conversar.

 

          En relación con la geoeconomía, al menos hay expectativas. Según el experto Ian Bremmer, la globalización no está terminada. Puede que haya una mayor introspección por parte de los actores, pero la globalización no se agotó: simplemente, se halla a la deriva. Para este reputado autor, además de la pandemia y la guerra, hay que tener en cuenta el hecho relativo con China: disminuyó su relación comercio/PBI en casi treinta puntos desde 2006, contribuyendo, por tanto, a la desaceleración de la relación comercio/PBI mundial. En otros términos, China tiene menos espacio para globalizarse más. Pero también hay otras realidades que refrenaron la actividad económica mundial: los avances tecnológicos, el comercio electrónico, la inteligencia artificial, etc.  

 

          En otros términos, hay problemas también con la geoeconomía. Pero tal vez se trata de una situación de transición. Por supuesto, la forma como se gestione la posguerra, el curso que tomará la relación China-Estados Unidos y, finalmente, la relación o el margen que exista entre el multipolarismo y el (hoy lateralizado) multilateralismo, serán determinantes para el curso del mundo.

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lunes, diciembre 12, 2022

El Audio de COnstrucción plural del 081222

 

Escucha"Construcción Plural - Programa 962" en Spreaker.

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jueves, diciembre 08, 2022

39 años despues

 Por GUSTAVO FERRARI WOLFENSON




Mi querido papá:


Hace 39 años, un 10 de diciembre de 1983, la democracia volvía al
país como un sueño, un modelo de vida que se recuperaba y que ponía
fin a muchos años de desencuentros y autoritarismos de
todo tipo de ideologías. Ese rezo laico que se declamaba
en cada esquina y que era el preámbulo de la Constitución
significaba el sentir de un pueblo que quería de una vez por todas vivir en paz, construir un nuevo país o por lo menos darle fuerza institucional a un modelo desbastado moralmente por las luchas individuales de aquellos que de una u otra forma siempre se sentían salvadores de la patria. Semanas antes, Roque Carranza llamó a casa, no había celulares ni whats app y luego de los saludos de rigor, me preguntó: “dónde está tu viejo que quiero ofrecerle un trabajito. Le dije que estabas en Ecuador en una misión de Naciones Unidas y que
por la noche te contactaría. Lo demás es historia. Hace 39 años, un 10 de diciembre de 1983, jurabas en una ceremonia imborrable para mi memoria como el primer Secretario de Recursos Hídricos de la Argentina democrática. Ese momento sublime en donde el Presidente Alfonsín te toma el juramento “por Dios, la Patria y los Santos Evangelios”, quedarán grabados en mi recuerdo por siempre. 
Creo que no hay palabras para expresar la emoción y el orgullo de recordar esos días de fiesta cívica, del renacer democrático. Como hombre de bien serviste a la Patria en los momentos más decisivos de su historia, en los momentos de mayor esperanza y reconciliación nacional.

Los años venideros no fueron un lecho de rosas. El sentir demagógico de que gracias a la democracia se conseguiría un armonioso desarrollo colectivo y la realización personal de los individuos no se cumplió. El mensaje “con la democracia se come, se educa y se cura”, se convirtió en otro eco de frustración ante la creencia que democracia y recuperación económica se retroalimentarían recíprocamente, que la vigencia del sistema constituiría la garantía para que la población tuviera “salarios justos, pan, salud, educación y vivienda”.
Como partícipe activo de los tiempos democráticos que continuaron fui testigo de que esta imagen fue tornándose difusa al ritmo de las crecientes debilidades
institucionales que surgieron desde el inicio mismo del proceso. Se produjo, entonces, un progresivo sentimiento de “desencanto” como resultado del creciente contraste entre la diversidad de expectativas que había despertado el nuevo régimen y las posibilidades reales de satisfacerlas. Ya no sería “con democracia” sino “en democracia” donde podrían encontrarse las soluciones a nuestros problemas.
Los años posteriores se fueron consumiendo en la discusión sobre temas temporales, cuya trascendencia fue tan efímera como la propia coyuntura. Jamás se lograron definiciones sobre temas trascendentes para consolidar un destino que nos permitiera,
de una vez por todas, encaminarnos en un proceso de fortalecimiento institucional, crecimiento sostenido, bienestar colectivo y que nos alejara de los límites de la marginación y la exclusión.
Por eso nuestra democracia debió de ser algo más que normas, leyes y formas de organización. Nunca pudo constituirse en una cultura política, es decir un cuerpo de creencias sustentada por valores y expresada colectivamente a través de actitudes y conductas. No se lograron consensos políticos (más que electorales y de apetencias personales) y sociales para el logro de acuerdos de gobernabilidad que permitieran cambiar los viejos parámetros de la asignación de recursos públicos y se los destinaran a los que realmente los necesitaban. No se pudo erradicar el clientelismo,
el histórico protagonismo caudillista, ni generar mecanismos de participación de los ciudadanos, principios fundamentales de todo proceso de consolidación política. Nunca la dirigencia entendió que nuestra democracia necesitaba crear expectativas hacia un futuro estable y que no podía hacerlo con instituciones débiles, con procesos económicos muy lejanos a la búsqueda del bienestar compartido, con la falta de un marco de seguridad jurídica y con ineficiencias que generan mayor desigualdad en la sociedad.
Aquel diciembre de 1983 fue la expresión de la voluntad y la razón de un país que puso de manifiesto que la democracia iba a persistir gracias al esfuerzo, lucha y respaldo de todas y todos los ciudadanos.
Este diciembre del 2022, 39 años después, nos encontramos nuevamente ante un desafío institucional en donde la dirigencia y la sociedad deberán empezar a
desgranar sus pensamientos y propuestas concretas del modelo democrático y
republicano del futuro. Tendrán que entender que un país avanza hacia su
consolidación institucional cuando hay un sólo patrón para medir los valores éticos y su responsabilidad civil; cuando cada ciudadano acepte que su futuro depende de su profunda reflexión y de su exhaustivo examen de conciencia; cuando todos nos decidamos de una buena vez a entrar en la historia por el camino de la verdad, de la libertad, asumiendo como seres maduros nuestras propias debilidades y nuestros propios errores. Siento que cuando todo ello suceda, allí estaremos más cerca de encontrar nuestro destino como Nación.
Mientras tanto, querido papá, con el recuerdo tan presente de aquel 10 de diciembre de 1983, sólo me queda decirte que ese camino trazado, sigue presente con tu recuerdo, ejemplo y legado.

martes, noviembre 15, 2022

El nuevo libro de Alberto Hutschenreuter


 

sábado, noviembre 12, 2022

¿Estamos cerca del uso del átomo militar en Ucrania?

 Por Alberto Hutschenreuter 




La guerra ruso-ucraniana lleva más de 200 días. Mientras las fuerzas de Kiev intentan recuperar territorios en el este y golpear incluso en áreas como Crimea, Moscú, no sin dificultades, suma capacidades para reforzar el control de importantes zonas en el este y sureste del país euro-oriental, las que unilateralmente incorporó a la Federación Rusa. 

Para Ucrania no hay otro objetivo que no sea la recuperación de sus provincias, mientras que para Rusia ello es imposible, pues si llegara a suceder que Kiev las reconquistara, ello significaría que Ucrania logró la victoria. Al hecho seguramente seguiría una acumulación militar masiva en el este y sureste de Ucrania, e incluso la admisión del país a la OTAN. Sería la consagración de "una Yalta sin Rusia", es decir, un futuro orden interestatal con Rusia más que lateralizada. 

Es un escenario que podría suceder si finalmente las fuerzas rusas se derrumban, aunque no parece que ello vaya a ocurrir. Sin embargo, hasta hoy ha quedado en evidencia que no se puede en el siglo XXI lograr ganancias militares utilizando medios y enfoques del siglo XX. Posiblemente, Rusia está mejor preparada para el modo de guerra híbrida o guerra gris, el recurso del poder aéreo, el uso de artillería y la guerra nuclear, pero no tanto para la guerra convencional moderna, la que implica fuerzas multidominio y alto nivel tecnológico, es decir, el despliegue de medios para dominar los seis territorios de la guerra actual: tierra, mar, aire, espacio, electromagnético y cibernético, y la "violencia de precisión", respectivamente. 

Por su parte, Ucrania utiliza buena parte de las capacidades de la OTAN, desde el mismo sistema de descentralización en materia de toma de decisiones hasta sistemas de armas de gran precisión, pasando por información selectiva. En alguna medida, en la guerra actual se está corroborando la hipótesis que mantenía la OTAN en los años ochenta frente a su rival, el Pacto de Varsovia. Entonces, el enfoque operativo denominado 'Air Land Battle" suponía la posibilidad de enfrentar a dicho rival en su territorio y vencerlo. En otros términos, ya entonces, merced a la Revolución en los Asuntos Militares (que llevaba adelante Washington), operaba en la Alianza Atlántica una disposición ofensiva. 

En la primera parte de aquella lejana década, el clima entre Estados Unidos y la Unión Soviética se había tensado, pero esta última ya se encontraba afectada por cuestiones económicas que arrastraba desde los años cincuenta, como así por los compromisos externos tomados en los años setenta, los que sumaron nuevas dificultades, para entonces ya irreversibles. 

La OTAN continuó su existencia aún finalizado y desaparecido el reto para la que fue creada, la amenaza soviética. Se trató de una anomalía internacional, pues no había precedentes relativos con una organización política-militar que se configura para enfrentar un reto y posteriormente, una vez que el reto es vencido o desaparece, la organización permanece. 

Sabemos que la OTAN no sólo permaneció, sino que se extendió sin límites al punto que Rusia fue a la guerra en dos oportunidades para detenerla, Georgia en 2008 y ahora Ucrania. Pero la marcha de la OTAN hacia el este, con el significado histórico que ello tiene para Rusia (invadida dos veces por Alemania en el siglo XX), fue también acompañada por una modernización tecnológica-militar impulsada por el "primus inter pares" de la organización, Estados Unidos. 

De modo que no sorprende el hecho que Ucrania esté logrando algunas ganancias en el territorio, si bien es cierto que el relato de la guerra continúa siendo un activo occidental. 

Pero si efectivamente es así, entonces posiblemente la guerra se podría estar acercando al precipicio atómico, pues para Rusia y para el régimen que lo encabeza "no hay sustituto para la victoria", utilizando las palabras del general Douglas MacArthur. Una derrota rusa implicaría, sin duda, una catástrofe geopolítica, al punto que llegaría a erosionar el gran momento militar de Rusia en el siglo XX, la Gran Guerra Patriótica, a partir de la cual la URSS se convirtió en superpotencia. 

El analista Ian Bremmer considera que, si bien el riesgo de una confrontación nuclear está más cerca que nunca desde la crisis de los misiles con Cuba en 1962, Putin ha hecho amenazas vacías durante la guerra en Ucrania, por ejemplo, cuando advirtió sobre las consecuencias catastróficas que tendría que Suecia y Finlandia solicitaran ingresar a la OTAN. Ambos países lo hicieron, "duplicando en el acto la extensión de las fronteras de Rusia con la Alianza Atlántica. La respuesta de Moscú fue básicamente ninguna, tal vez porque no tenía opciones factibles”. 

Pero no debemos olvidar que Rusia no solo dispone de capacidades nucleares tácticas, sino de esa otra “c” que inquieta en todo poder mayor: credibilidad. Rusia, como Estados Unidos, puede persuadir, pero, si ello no resulta, poder recurrir. La situación es crítica y la UE debería reimpulsar su diplomacia, que siempre resultó corta. Pero en la OTAN la relación atlanto-occidental es “jerárquica”; de modo que difícilmente sucederá. 

La llegada del invierno seguramente hará que las operaciones sufran un aminoramiento, pero la guerra continuará hasta que el agotamiento de recursos humanos y materiales incline la balanza. Será el “momento cero” de la confrontación. Porque si la inclinación es a favor de Rusia, quizá se abra una posibilidad de acuerdos que estarán marcados por la geopolítica: esta guerra se inició por la geopolítica y solo terminará por la geopolítica. Kissinger hablaba muy en serio en Davos ente año cuando sostuvo que Ucrania tal vez tendrá que ceder territorios para conseguir sus propósitos en Occidente. Pero si la situación se inclina en favor de Ucrania-Occidente, entonces el riesgo de uso del átomo militar habrá subido muy peligrosamente.