miércoles, enero 28, 2026

La realidad desnuda a la economía

 Por Daniel Kiper


La primera señal no fue un número ni un gráfico. Fue el silencio.

En los comercios donde antes se vendía de todo, hoy se vende lo que roza el umbral de la supervivencia. En las fábricas, donde se hablaba de turnos y de pedidos, se habla de suspensiones. Y en las casas, el dinero dejó de ser una promesa de futuro para convertirse en una pregunta que se repite cada día, con la obstinación de un reloj sin descanso: ¿alcanza para comer, para pagar la luz, para el remedio?

En las crisis profundas, la realidad desnuda a la economía. Se le cae el maquillaje de las estadísticas y aparece su verdad más antigua: no todo vale lo mismo cuando la vida se achica. El mercado, que en tiempos normales ordena preferencias, en tiempos de penuria ordena prioridades. Y la prioridad —casi siempre— se llama subsistencia.

Solo lo indispensable conserva valor real.
Todo lo demás se vuelve sombra.

Los alimentos suben. Los medicamentos suben. La energía, el transporte y los servicios básicos escalan con una terquedad que no admite consuelo. Son bienes de demanda rígida, sin sustituto y sin espera posible. No se compran por deseo: se compran por necesidad impostergable. Se pagan porque la preservación de la vida obliga. Y se pagan aunque duelan.

Al mismo tiempo, otros precios bajan: ropa, electrodomésticos, bienes durables, consumos que alguna vez fueron cotidianos y hoy son aplazables. El gobierno observa esa caída y la presenta como señal de éxito. Pero en la economía real —esa que no entra en los discursos— los precios no siempre bajan por eficiencia. A veces bajan por una razón más cruda: la demanda efectiva se derrumba.

No es deflación virtuosa.
Es parálisis.

Mientras los precios esenciales suben, el resto cae como hojas secas. Pero esa caída no anuncia equilibrio: anuncia vacío. Detrás de cada precio que baja hay una vidriera que deja de rotar mercadería, una persiana que se cierra antes de tiempo, una máquina que se apaga, un trabajador que deja de ir a su empleo con la misma rutina con la que antes entraba. La estadística registra una mejora; el barrio registra un cierre.

La economía se contrae, pero no de manera pareja. Se encoge por los bordes productivos —empleo, industria, comercio— y se mantiene tensa en el centro de la supervivencia, donde el gasto no es elección sino obligación. Lo que se “ordena” en los números se desordena en la trama social: el ajuste no organiza; selecciona.

Y en ese contexto aparece otro fenómeno, más silencioso y persistente: el ingreso de productos importados que tienden a ocupar el espacio que la producción local ya no puede sostener. El dólar contenido —ese modo elegante de nombrar el atraso cambiario—, la reducción de aranceles y la apertura comercial actúan como una corriente fría que atraviesa fábricas debilitadas. No llegan a complementar una expansión inexistente, sino a reemplazar producción local en sectores ya golpeados, profundizando la pérdida de capacidades productivas.

No es una economía que se abre al mundo: es una economía que empieza a retirarse de sí misma.

El relato oficial habla de orden, disciplina y éxito. Pero el orden que se logra por contracción no es estabilidad: es quietud forzada. Es una paz que se parece demasiado al agotamiento. Técnicamente, no se trata de una estabilización expansiva, sino de una estabilización por compresión de la demanda, donde el equilibrio nominal se alcanza a costa de la actividad real.

Y la inflación, además, no desapareció. Se reorganizó. Se concentró en los bienes que no admiten demora. Y allí —en lo esencial— erosiona salarios, jubilaciones, ahorros y proyectos. Los ingresos reales se achican mientras el costo de vivir se vuelve más pesado, como si cada día hubiera que cargar un poco más para caminar la misma distancia.

En los papeles, algunos números mejoran.
En la vida, casi ninguno.

Las economías no colapsan de golpe: se vacían. Primero se deja de producir; después se deja de vender; luego se deja de trabajar. Y finalmente se deja de planificar. El presente se vuelve una tarea extenuante y el futuro una abstracción reservada para quienes todavía pueden imaginarlo.

Celebrar precios que bajan porque no hay compradores es confundir la calma del desierto con prosperidad. Es mirar una vidriera inmóvil y creer que el problema era la mercadería.

La estabilidad verdadera no consiste en que nadie compre, sino en que muchos puedan hacerlo sin miedo. No se mide por la ausencia de consumo, sino por la capacidad de una sociedad de producir, intercambiar, emplear y crecer sin devorarse a sí misma.

Cuando una economía empieza a vivir solo de lo indispensable, no está ordenándose.
Está aprendiendo a sobrevivir.

Y sobrevivir, a la larga, no es vivir.


Informe de Coyuntura Económica

 Por Alejandro Rofman


1. Evolución de la actividad económica y de la situación social del año 2025
La actualidad

En los últimos días se han estado publicando estadísticas que cubren la evolución de la
actividad económica y de indicadores sociales correspondientes en gran parte del año
2025. Con los datos oficiales disponibles ya podemos avanzar en una caracterización a
grandes rasgos de los números básicos de este año.
La actividad económica ha seguido marcando una doble característica. En primer lugar,
un repunte notorio hasta el mes de marzo, continuidad del que ya venía manifestándose
en el año anterior desde junio. Este repunte se extendió hasta el fin del primer trimestre y
desde entonces se verifica un notorio estancamiento, que no parece vaya a cambiar en
evolución en todo el año. Incluso el mes de octubre hubo un retroceso del 0,4% con
respecto al mes anterior, y el dato informado por el INDEC muestra el desempeño del año
que estamos transcurriendo con números magros, pues octubre cierra el ciclo desde
enero apenas con un 0,5% por encima de los niveles de diciembre del 2024. Así, no se
debe confundir el dato punta a punta con el de los promedios anuales. Ya hemos
comentado que por el arrastre estadístico el promedio va a dar un poco más del 4% de
incremento en el año 2025 con respecto al 2024, que aparece destacando un
comportamiento muy bueno para este año, lo que no es así.
Este notorio estancamiento reconoce causas estructurales muy profundas, como resulta
de analizar la capacidad de los que viven de su trabajo, manual o intelectual, en percibir
ingresos que hubieran producido un aumento del consumo y por ende de la producción
interna, hoy simplemente estancada. Un análisis realizado por el economista Luis
Campos, con los datos del INDEC, muestra que los salarios registrados, es decir
formales, alcanzaron un pico tras la recuperación, luego del fuerte shock devaluatorio de
diciembre del 2023, lo que les permitió remontar la feroz caída inicial pero nunca
sobrepasar el punto de partida, y desde fines del año pasado el salario privado se ubica
escasamente por debajo del percibido para los trabajadores formales en el inicio del
nuevo gobierno. En el caso del salario del sector público la caída inicial fue más intensa y
la recuperación poco significativa, lo cual supone que a octubre de este año el promedio
de la remuneración del empleado público en todo el país bajó nada menos que 15 puntos
de porcentual. Así, el total del salario registrado, sumando privado y público, llegó en
octubre de 2025 a casi 95 puntos de un índice inicial de 100 en noviembre de 2023. Está
entonces totalmente claro y de modo irrefutable que la política económica anarco-
capitalista supuso una transferencia del sector del trabajo al de los beneficios obtenidos
por el sector del capital.
En términos de empleo la tasa de desempleo bajó al 6,6% en el último relevamiento del
INDEC, correspondiente al tercer trimestre de este año, en relación al 6,9% que marcó en
igual momento del año 2024. Sin embargo, el dato encubre una anomalía muy destacada.

Esa caída de la tasa de desempleo de 0,3 puntos en el último año se debió a que el
mundo del trabajo ajustó por calidad y no por cantidad, de modo tal que aquellas
personas que buscaron un trabajo estuvieron disponibles a desempeñarse como
informales o cuentapropistas, en el marco de un proceso de precarización creciente que
afectó positivamente la tasa de ocupación de cuentapropistas a informales, pero en el que
cayó la de los trabajadores asalariados formales.
Un sector muy dañado fue el de la industria, que acompañó a los de la construcción y del
comercio en caídas de actividad y de ocupación. Los rubros que permitieron compensar el
deterioro del sector manufacturero y de la obra pública y privada estuvieron encabezados
por la actividad financiera intermediaria, que se autonomizó de la evolución económica
global. El negocio de las finanzas fue, desde lejos, el de mejor desempeño, con un
crecimiento superior al 30% año a año. Estamos, claramente, en una situación de
anomalía en cuanto a la dinámica que impulsa el proceso productivo de bienes, que es el
que debería ser el responsable de una expansión económica sana.
Cabe citar el dato que produjo FIEL, la consultora ligada a las grandes empresas, que
informó que el sector manufacturero sigue sufriendo un mal año y se inicia con el mes de
diciembre un nivel de actividad inferior al de diciembre del 2024 en un 4,6%. Sin duda, la
disminución del salario real que apuntamos y el deterioro en la calidad del empleo arriba
analizado impactaron negativamente en el poder adquisitivo del sector del trabajo, lo que
a su vez redundó en un debilitamiento del consumo de dichos bienes en el mercado. El
gobierno no modificó su estrategia de desfinanciar totalmente a la construcción de su
competencia –hecho insólito y nunca registrado en la historia argentina- y la depresión de
esa actividad no pudo recuperarse de la muy fuerte caída del 2024. Finalmente, el sector
externo siguió operando en rojo. El balance de pagos acumuló tres trimestres
consecutivos de retroceso y llegó a noviembre con un déficit del 1,5% del Producto Bruto
Interno, fruto del retraso del tipo de cambio y de la apertura importadora.
En términos de deuda externa pública su crecimiento ha sido imparable durante todo el
año. En el caso de la del Gobierno general dicho crecimiento llegó a 170.000 millones de
dólares, y si se suma la del Banco Central, cuya expansión fue de 29.538 millones de
dólares, totaliza 200.044 millones de dicha moneda, lo que implica un récord histórico. El
nivel más cercano de endeudamiento en moneda extranjera del Gobierno Nacional se
había observado en la gestión anterior del ministro Caputo cuando en el cierre del año
2019 ya había alcanzado la cifra de 199.747 millones de dólares en especial por el
fabuloso crédito del gobierno de Macri con el FMI-
El movimiento de capitales externos mostró durante el 2025 una caída significativa. De la
mano del atraso cambiario, el rojo de la cuenta corriente, o sea todos los movimientos de
flujos de capital en moneda extranjera, resultó muy elevado como lo consigna el gráfico
que acompañamos.

Esta información oficial deja al descubierto la falacia del gobierno nacional cuando afirma
estabilidad en sus datos esenciales. Este déficit supone un permanente desequilibrio
cambiario pues los ingresos por comercio exterior, con el saldo favorable de la balanza
comercial, no alcanzan a cubrir las erogaciones financieras por turismo, compra o
atesoramiento de particulares con fines de ahorro de dólares y pagos de capital e
intereses del abultado endeudamiento estatal con acreedores externos.
Ello supuso que durante el año 2025 en dos oportunidades se acudió por parte del
Gobierno Nacional a operaciones de salvataje imprevistas para no caer en convocatoria
de acreedores; es decir para no incurrir en un irremediable desequilibrio de cuentas con el
exterior salvadas por un nuevo préstamo del FMI de 20.000 millones de dólares en marzo
y una operación insólita y excepcional, de carácter político, en octubre cuando el Tesoro
de Estados Unidos intervino imprevistamente comprando pesos por 2.000 millones de
dólares y otorgando un swap por otros 20.000 millones de esa moneda en octubre. De no
haberse acudido a estos salvatajes, la economía argentina habría sufrido un serio y
profundo quebranto.
Finalmente, y para desmentir otra vez a los dichos oficiales, y bajando a lo cotidiano de lo
acontecido con la situación económica de la población mayoritaria del país, otro
desequilibrio se hizo presente en el panorama mentiroso de la supuesta “estabilidad” del
proyecto oficialista. El salario de los trabajadores registrados, es decir formales, sufrió un
serio quebranto admitido en la información desplegada por el mismo gobierno. El citado
salario volvió a ser afectado por el incremento de los precios según el INDEC, en la
versión preparada por el economista Luis Campos.
En total, si se toma como base el número índice
igual a 100 para indicar el salario real del empleo registrado en noviembre del 2023 dicho
nivel salarial total, tanto el privado como el público sumados, no pudo llegar durante todo
el año 2025 hasta noviembre a alcanzar el valor inicial. Fue levemente inferior en el caso
de los privados pero sustancialmente más bajo en el salario real público registrado.
En rigor de verdad, los números consignados no reflejan todo el drama social que
implican. Si se adoptara en la medición del índice de costo de vida los consumos actuales
reales de la población, según la canasta relevada por el INDEC a fines de la segunda
década del siglo, el IPC habría sufrido una elevación muy superior a la informada, pues el
hecho de que no se reconoce en la medición actual la mayor presencia en la estructura de
los consumos populares de tarifas de servicios públicos y privados efectivas ahora en
relación a 15 años atrás, reduce el peso de tales erogaciones en la conformación del
costo real del gasto de las familias. Evaluaciones realizadas por diferentes centros de
investigación y consultores económicos, entre ellos el CEPA, instituto muy acreditado,
indican que entre noviembre del 2023 y noviembre del 2025 la inflación fue mayor que el
dato oficial. Para el CEPA –lo que no fue desmentido- la evolución real de los precios fue
en el lapso de los doce meses citados del orden de un incremento del 288,2 %, superior a
la publicada con el patrón de consumo anterior y que supuestamente alcanzó el 249,5 %
Hay un desfasaje de un 15 % entre lo real y lo que calculó el INDEC. Este porcentual
debería agregarse al dato del salario real que entonces se redujo más de lo publicado.
El panorama al cierre del año es francamente decepcionante. A todo lo comentado habría
que agregar un saldo negativo en el tema de la inversión productiva –que también cayó
en valores reales- lo que supone ausencia de expectativas favorables en el empresariado
y drenaje de recursos genuinos para crecer, como resultado de un gestión olvidada de su
función central: el aliento decidido del crecimiento económico.




2. Datos informativos a tener en cuenta para predecir el futuro
A nivel internacional, el presidente Trump hace pocos días expresó que el único límite a
su decisión de imponer sus ideas al resto del mundo es su moral, sus valores, sus
principios. No le interesa ningún tratado, acuerdo, ley, norma o pacto firmado con
cualquier país, grupo humano o momento histórico. Está dispuesto a pasar por encima de
todas esas cuestiones básicas que hacen a la convivencia entre los seres humanos.
Uno de los analistas que estuve leyendo estos días de ese modo de expresar tan
crudamente la ausencia de todo límite, el irrespeto total a cualquier norma que expone
quien dice que únicamente vale aquello que se consigue con la fuerza, es un ex-
presidente argentino con el cual se puede coincidir o no, pero que publicó un texto una
vez que se llamó “la fuerza es el derecho de las bestias”, y creo que representa
cabalmente lo que pienso. Casi no se escuchan voces que alertan de la enorme
peligrosidad que implica que el que tiene un fusil o un revolver en su mano no le importe
lo que dice el código penal o la declaración universal de los derechos del hombre de 1945
por Naciones Unidas. Que le interese de qué fuerza dispone y cuándo la quiere usar para
obtener sus logros más allá de la razonabilidad de los mismos. Estoy simplemente
repitiendo lo que dice, en un caso, la máxima autoridad de una de las más grandes
potencias, e indudablemente la más grande desde el punto de vista bélico, en el mundo. Y
lo que no dicen, o tienen miedo de decir, los que se oponen.
Y entonces el desaliento, término que ya he usado mucho en las últimas presentaciones,
me invade cada vez más. Como cierre de este texto, una cuestión que me parece muy
interesante de comentar y que ha salido muy poco voceada en los medios de
comunicación orales, escritos o televisados.
El INDEC dio a conocer el Índice de Precios al Consumidor del mes de diciembre en esta
semana que se acaba de cerrar. El dato informa un aumento del 2,8%, sobre el mes
anterior, de los precios de los bienes y servicios que consume la población en promedio
de todo el país. Ese dato podrá ser, para algunos, auspicioso. Para otros no. Me parece
que no es muy importante entrar en ese análisis cuando hay información que reveló el
INDEC mucho más valiosa en esta cuestión, en la cuestión de los precios. Así por
ejemplo informó el INDEC que la canasta básica total y la canasta básica de alimentos
creció en diciembre el 4,1% en valor unitario. Quiere decir que cuando se mida pobreza e
indigencia, va a tener que tomarse muy en cuenta estos datos, porque afectan
decididamente tales índices. El INDEC, al publicar esa información, agregó que le hacen
falta $589.510 a una unidad familiar tipo para quedar fuera de la indigencia, es decir para
quedar dentro del rango de ingresos que hace falta para comer para subsistir, y que la
canasta básica total que marca la línea de la pobreza obliga a una familia a conseguir
$1.308.000 para no ser considerada pobre. Es preciso agregar que ninguno de los dos
datos incluye alquiler, cuando aproximadamente una tercera parte de la población
argentina vive en vivienda alquilada. Prácticamente si se le agrega a la canasta básica
cualquier valor de alquiler a una familia de cuatro personas, el índice de pobreza sería
altísimo. Y ni que hablar del índice de indigencia.
Estamos entonces a una situación realmente dramática. Nadie lo puede negar. Nadie me
puede controvertir. Porque el número no es inventado, es número del INDEC de Milei, del
INDEC del gobierno actual. Una familia tiene que pagar alquiler, mas el gasto de consumo
total para subsistir dignamente, que es el dato de la pobreza, o para comer dignamente,
que es el dato de la indigencia. Que cada uno saque las conclusiones respectivas.
Un periódico que sale un día por semana y que suelo leer titula en la página 3 de su
edición dominical algo que creo es muy importante comentar. Dice así: “El industricidio [un
neologismo que quiere decir la acción humana que lleva a matar a la industria] es una
decisión oficial que llegó para quedarse”. Luego comenta que el Gobierno Nacional se
enorgullece de no tener política industrial. Efectivamente está repitiendo lo que dijo un alto
funcionario público hace poco tiempo en el sentido de que no hace falta tener política
industrial, el mero comportamiento del mercado, alentado por los signos que da el
gobierno en su desenvolvimiento de su política económica, exime a este de tener que
puntualizar un diccionario concreto de normas que contengan una política industrial.
Entonces uno lee, con información otra vez del INDEC, que la industria no encuentra piso,
y cayó por tercer mes consecutivo en el mes de noviembre. Bajó el 0,6% ese mes con
respecto al mes anterior. En el trimestre septiembre-octubre-noviembre la baja fue del
1,7%, pero si se toma en cuenta diciembre del 2024 y se lo lleva a noviembre del 2025 la
caída es el 5,5%. Datos oficiales, insisto una vez más. Eso implica un fenómeno de
reducción del nivel de la actividad muy desalentador, valga otra vez el adjetivo, y además
incluye la información de que, tomados los sectores de la industria, todos los que forman
parte del caudal de actividades de la manufactura argentina, se observa que ha habido
una reducción en 12 de los 15 tipos de actividad que compone la industria, con algunos
datos realmente impactantes. Por ejemplo galletitas, productos de panadería y pastas, o
sea los tallarines de la suegra o de la abuela, el pan de todos los días, cayeron el 11,9%
en noviembre con respecto a noviembre del año anterior. Productos como el vino
mostraron baja del 12,5%; azúcar, el 15,4%. Si salimos de alimentos y vamos a otros
rubros: los autos, con bajas en las ventas del 45%; las autopartes, del 20%; los aparatos
domésticos, del 40%, completan el panorama
No importa, el presidente cantó en público y todo se va a arreglar solito. Pero en la
realidad aquí de todos los días el fenómeno de la caída industrial ya es sencillamente
alarmante. Tenemos datos concretos de índices de capacidad instalada, que están mucho
más bajos en este momento que hace 9 meses. Marzo marcó el mejor momento y luego
se desbarrancó. Al mismo tiempo la contracción de la construcción, que fue en el mes de
noviembre muy elevada, se ubica (según el INDEC) en un 24% con respecto a noviembre
del 2023, antes del cambio de gobierno y que llegara la política de Milei. Entonces
realmente, si la industria se derrumbó -y la industria realmente cayó a un precipicio- con la
construcción tuvo ese retroceso singular, porque no hay obra pública nacional en la
República Argentina. Debe ser el único país en el mundo en que en forma explícita el
Gobierno Nacional no financia obra pública. Ni un hospital, ni una escuela, ni una vivienda 
ni una autopista. No hay un peso solo para la obra pública originado en el Tesoro de la
Nación. Entonces, no resulta raro que estemos en una situación alarmante y no tengamos
futuro previsible que la haga cambiar.

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lunes, enero 19, 2026

Cuando el dolor pide culpables

Por Daniel KIPER
Columnista de nuestro Construcción Plural radio




Hay tragedias que no llegan solas. Llegan con el ruido de las sirenas, con el murmullo de los vecinos, con los titulares urgentes. Y llegan, también, con una pregunta que se repite como un eco incómodo: ¿quién es el culpable?

El accidente de Pinamar, en el que un niño quedó gravemente herido, pertenece a esa categoría de hechos que sacuden algo más que conciencias. Sacuden certezas. Porque cuando el dolor es demasiado grande, la sociedad —comprensiblemente— necesita una respuesta inmediata. Un nombre. Una imputación. Un gesto que parezca justicia.

Pero no siempre lo es.

En medio de ese temblor, el derecho penal entra en escena. Y cuando entra sin cuidado, corre el riesgo de dejar de ser herramienta para convertirse en reflejo.

El padre del niño no manejaba. No estaba al volante de ninguno de los vehículos que chocaron en la arena de Pinamar. No decidió la velocidad, no eligió la maniobra, no provocó el impacto. Sin embargo, fue imputado penalmente. El fundamento: el niño viajaba sin cinturón de seguridad.

El dato es real. El dolor, también. Pero el salto que sigue —del hecho a la imputación penal— merece una pausa.

Porque el derecho penal no trabaja con impulsos. Trabaja con límites.

Hay una diferencia que suele perderse cuando la tragedia ocupa todo el escenario: la diferencia entre culpa moral y responsabilidad penal. La primera pertenece al ámbito íntimo, al juicio social, a la conciencia. La segunda exige algo más frío y más estricto: que alguien haya creado o incrementado un riesgo prohibido y que ese riesgo explique, de manera directa, el resultado típico.

El padre, en este caso, no creó el riesgo vial. El choque no ocurrió porque el niño no llevaba cinturón. Ocurrió porque dos vehículos, conducidos por terceros, colisionaron. Esa es la escena central del hecho. Todo lo demás es derivación.

El derecho penal, incluso en sus momentos más severos, conserva reglas antiguas que no son caprichosas. Una de ellas dice que en los delitos culposos no hay cómplices ni instigadores. Nadie puede ponerse de acuerdo para ser imprudente. Nadie puede ayudar dolosamente a otro a cometer un descuido.

Lo único que puede existir es algo distinto: varias imprudencias que se cruzan y producen un daño común. Pero para eso, cada una debe aportar su propio riesgo. Y aquí aparece la pregunta decisiva, la que incomoda:
¿qué riesgo penal creó el padre?

No el del choque. No el de la conducción. A lo sumo —y esto no es menor— el de una menor protección frente al impacto. Pero una cosa es agravar el daño y otra muy distinta es explicar su origen.

Aceptar esta imputación sin reservas abriría una puerta difícil de cerrar. Porque entonces el derecho penal dejaría de castigar conductas típicas para castigar conforme al “sano sentimiento del pueblo”. Y cuando los sentimientos mandan, las garantías sobran.

¿Hasta dónde llegaría esa lógica? ¿Al padre que no logra evitar que su hijo cruce una calle peligrosa? ¿Al acompañante que no grita a tiempo? ¿Al que no insiste, no prevé, no imagina lo peor?

El derecho penal, que nació para ser la última respuesta del Estado, correría el riesgo de convertirse en la primera.

No se trata de negar responsabilidades. Existen otros planos donde las conductas se evalúan: el civil, el administrativo, el familiar. Allí el reproche cumple otra función. Pero llevar todo al terreno penal es algo distinto. Es usar la herramienta más dura para dar una respuesta rápida al dolor colectivo.

Y el derecho penal no está para eso.

Cuando la tragedia ocurre, la tentación de imputar es fuerte. Nombrar a alguien parece ordenar el caos. Pero hay decisiones que, aun nacidas del impacto emocional, tienen consecuencias duraderas.

Porque cuando el derecho penal se deja empujar por el dolor, deja de protegernos a todos. Y una sociedad que sacrifica sus límites en nombre de la urgencia no hace justicia: se expone a perderla.


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